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Pena

► Los sucesos de cataluña demandan una nueva actitud desde una política mediocre que no se merece esta sociedad

Escribir desde la pena es jodido. Las comas se sienten confusas, los punto y seguido aturdidos y los punto y aparte son un abismo. Los acontecimientos del domingo en Cataluña han sembrado de desesperanza a todos los que anhelamos, como fin último de cualquier sociedad, la concordia entre los hombres por encima de cualquier ley, de cualquier papel, de cualquier frontera o de cualquier bandera.

Hemos visto demasiadas durante estos días y el agitar de banderas siempre es una inquietud por todo lo que suele haber tras ellas. Las mejores banderas son las que están ausentes, las que cuelgan del alma y no de los balcones. Todo lo demás es una exhibición gratuita, un aquí estoy yo frente a ti que suele devenir en ese atávico mi bandera no soporta a la tuya. Pasamos de atizarnos con un fémur a hacerlo con una bandera, un crucifijo y un ejército detrás.

El domingo todo se desbordó, cumpliendo las ilusiones de unos y de otros. De unos, atrapados en su propio laberinto a través de normas creadas a su propia conveniencia para alentar un referéndum inverosímil, sin datos fiables, y que sólo sujeta un paso más hacia una independencia que busca una parte de Cataluña despreciando a otra parte tan importante en número como ellos; y de otros, que asisten perplejos a cómo su propia dureza represiva, del todo punto innecesaria ante un referéndum incapaz de ser asumido y reconocido por nadie, se convierte en su penúltimo error. Ahora esas imágenes han dado alas a un independentismo que ha estado jugando a un taimado victimismo que sólo necesitaba de la colaboración del Gobierno de España para cuadrar el círculo. Las cargas policiales, las porras y la sangre han dejado en un pasatiempo dominical las urnas y los votos. Ahora ambos tienen lo que querían, el Gobierno de Cataluña sus víctimas y el de España, con un Mariano Rajoy incapaz de ser más inteligente que los políticos catalanes, una imagen de dureza que ha llenado el granero de los votos populares de aquellos que se sitúan más a la derecha en el partido, de cara a futuras elecciones. Éstas son cada vez más necesarias y urgentes, aquí y allá, ante una clase política cada vez más mediocre y vulgar que se envuelve en esas mismas banderas para darle la espalda a los verdaderos problemas de una sociedad cada vez más radicalizada que está convirtiendo la calle en un polvorín a punto de estallar de una manera como nunca nos habríamos imaginado.

El Parlamento europeo trató ayer lo sucedido en Cataluña. El Parlamento español discute aún la fecha para que el presidente del Gobierno dé explicaciones. Así estamos, encelados ante las miserias de unos políticos incapaces de solucionar problemas, incapaces de meter las banderas en los cajones y sentarse en una mesa a dialogar para pactar una salida a esta locura propia del siglo XIX y no de un siglo XXI en el que las fronteras y las patrias se sonrojan ante la era de internet y las redes sociales. La violencia y el maximalismo nacionalista deben ser sustituidos urgentemente por la palabra y por los acuerdos para resolver lo que demanda con todo el derecho, pero también con todos sus deberes, una parte de la población catalana, y si se debe plantear un referéndum que se gestione de una manera inteligente, con una reforma constitucional y un horizonte temporal que permita calmar un ambiente que nunca debería llenarse de insidias, violencias y de una pena desde la que escribrir se convierte en un inmerecido dolor.

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