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No es miserable hablar del procés

AHORA, AUNQUE el corazón está hecho pedazos, no queda otro remedio que pensar en el futuro. En concreto, en cómo se gestionan los cuarenta días que quedan hasta que el 1 de octubre Puigdemont lleve adelante, contra viento y marea, su proyectado referéndum. Tras el atentado de este jueves, y tras los errores iniciales —dos gabinetes de crisis, el estatal y el catalán, imagen de escasa unidad, pese a las proclamas en contrario—, hay que reconocer que el viernes las cosas se recondujeron bien, a partir de la imagen de todos juntos en la plaza de Cataluña. Una imagen indiscutiblemente encabezada por el Rey, en medio de Rajoy y el president de la Generalitat, rostros serios, vestimenta oscura.

Allí estaban Soraya Sáenz de Santamaría, y Oriol Junqueras, y Romeva y todos los consellers, y el ministro del Interior y, en segundo plano, por allá andaban Pedro Sánchez, Pablo Iglesias, Rivera... y cien mil personas entristecidas. Todos, de una u otra manera, estábamos allí, al menos en espíritu, preguntándonos "y ahora, qué". Luego, los dos presidentes, el del Gobierno central y el del Gobierno autonómico que más quebraderos de cabeza ha proporcionado al Estado en décadas, se dieron la mano, hubo una bandera de España junto a la enseña catalana en el Palau de la Generalitat e hicieron, ellos y sus equipos, como que van a trabajar conjuntamente en pro de la seguridad de la ciudadanía. Bien.

Lástima que... Lástima que el molt honorable president de la Generalitat calificase, a preguntas de un colega, de "miserables" las opiniones en el sentido de que lo que ahora se impondría sería un cambio de rumbo, hacer realidad esa foto de unidad, dejando en un segundo plano un procés que va a significar un choque de trenes dentro de cuarenta días, como si no hubiese habido ya choque bastante. Y es que voces de la Generalitat y de lo que significa Junts pel Sí consideran que nada tiene que ver el terrible atentado del jueves con el procés; no hay que mezclar una cosa con otra, te dicen. Pero me temo que sí, que hay que mezclarlas.

Los mensajes de condolencia y apoyo de todo el mundo llegaban a España, a Rajoy, al Rey; algo deberían estos mensajes hacer meditar a Puigdemont y Junqueras, cabezas de la partida independentista. Cuando los servicios de inteligencia del Estado, las fuerzas de Seguridad estatales, las instituciones, la Justicia (estatal) hacen posible, junto con los mecanismos autonómicos, una lucha más rápida contra el terror, la detección de los culpables, no se puede decir que nada tiene que ver una cosa y otra.

Los terroristas serán probablemente detenidos o, en su caso, abatidos, o juzgados, con la colaboración de todos, incluyendo las potencias extranjeras: ellos son el principal objetivo ahora. Y garantizar la seguridad ciudadana, sin distracciones de ningún otro género, es lo que importa. Las divisiones, ahora, distraen de esa tarea.

En medio del gran espectáculo de la Plaza de Catalunya —costó más de 20 horas la imagen de Puigdemont y Rajoy hablando, bajo el paraguas del Rey, que es otro elemento primordial a considerar en estos cuarenta días hasta el 1-O—, ahora el mejor homenaje a las víctimas sería hacer útil su sacrificio. Atisbé algunas polémicas absurdas —que si debe o no intervenir el Ejército, que si unos se culpaban a otros de las fallas de seguridad— que ahora de poco servirían: es al Estado, en primer lugar, y luego a Barcelona, y luego a Cataluña, pero siempre a todos nosotros, a quien se amenaza. Y esa es la escala de las responsabilidades.

Es, por tanto, el Estado quien debe dirigir la contraofensiva que se inicia ya este lunes con la reunión del pacto antiterrorista. Hay ocasiones, me parece, en las que el ciudadano de a pie, que somos todos, no entendería otra cosa que no fuese la eficacia contra el terror que pretenden ejercer contra nosotros. Y la eficacia no viene de fuerzas de seguridad recelosas unas con otras, de direcciones políticas cuarteadas y enfrentadas. Ni de proclamas islamófobas como las que hemos visto, algunas, ay, con nombres bien conocidos, en las redes.

Nada puede ser igual tras el 17 de agosto. Ninguna hoja de ruta puede quedar inalterada. Ni hoy, ni dentro de cuarenta días. Y si por decir esto, alguien, desde un atril muy alto, me llama miserable, allá él. Aquí, y en muchos otros escritos, con voces muy plurales, queda dicho. Recuerde Puigdemont lo que ocurrió políticamente tras el horrible atentado del 11 de marzo de 2004, cuando alguien no entendió ni atendió las voces que pedían "unidad, unidad".


Artículo publicado el 20 de agosto en la edición en papel

No es miserable hablar del procés
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