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Los gallos

Desde sus respectivos corrales, en Madrid y en Barcelona, los gallos seguirán midiéndose y despertándose uno al otro día tras día

TODOS LOS días me despiertan dos gallos. A pesar de vivir a pocos metros del centro de la ciudad, los gallos son mis vecinos. Cuando se urbanizó la zona, supongo, quedaron dos huertas sueltas y en ellas sus propietarios decidieron mantener los corrales. A cualquier hora temprana, uno de los gallos canta y el otro le contesta. Pueden pasarse así mañanas enteras. Los gallos miden sus fuerzas, protegen a sus gallinas y sus respectivos territorios. Cada uno de los gallos se siente responsable de todo lo que ocurre en su corral, y ambos buscan un enfrentamiento que nunca se producirá salvo que uno de ellos escape y se vaya a meter en el terreno de su rival.

A veces me pregunto qué ocurriría si esa circunstancia se diese: un enfrentamiento entre los gallos, como en la canción de Chicho Sánchez Ferlosio: "Se encontraron en la arena los dos gallos frente a frente. El gallo negro era grande, pero el rojo era valiente". Cuando dos gallos se enfrentan, no cabe un empate. Uno de los dos sale derrotado, el grande o el valiente.

Desde hace algún tiempo, hay otros dos gallos que me despiertan cada día. Ahora son cuatro gallos: a los dos de siempre se han sumado Rajoy y Puigdemont. Los dos quieren meterse en el gallinero del otro. "Se miraron cara a cara y atacó el negro primero. El gallo rojo es valiente, pero el negro es traicionero", dice la canción. No seré yo quien diga cuál es el gallo negro grande y traicionero y cuál el rojo y valiente. Tanto da. En las peleas de gallos sólo puede ganar uno. Lo que sucede es que en la política las victorias pueden producirse mucho tiempo después de librada la batalla. Rajoy se las prometía muy felices cuando el Constitucional tumbó el Estatut emanado del Parlament. Pensó que la cosa acababa ahí y que el gallo catalán, entonces Artur Mas, se volvía a su corral derrotado, lamiéndose las heridas. Aquella batalla es la que todavía se libra hoy, y no tendrá ganador el primero de octubre, se celebre o no el referéndum. Desde sus respectivos corrales, en Madrid y en Barcelona, los gallos seguirán midiéndose y despertándose uno al otro día tras día para comprobar quién canta más alto, más fuerte y más tiempo. Lo malo de los gallos es que, como sucede con mis vecinos, ambos quieren tener la última palabra.


Y es que pueden ser rojos o negros, valientes o traicioneros, pero lo que nunca harán es sentarse a negociar


También hay un fenómeno que los caracteriza. Nunca se rinden, ni uno ni el otro: "Gallo negro, gallo negro, gallo negro, te lo advierto: no se rinde un gallo rojo más que cuando está ya muerto". Todo viene en la canción de Sánchez Ferlosio. Todo menos la resolución. El cantautor no aclara quién es el ganador de la contienda. Solamente describe a los gallos y anuncia el inevitable enfrentamiento. Los dos gallos tienen sus argumentos, que son más instintivos que racionales: "No te metas en mi corral, no te acerques a mis gallinas, no toques mi grano. Déjame en paz".

El canto del gallo no resuelve la batalla. Sólo sirve para anunciarla. Tras años de desgañitarse enfrentando sus cantos, los gallos bravucones por fin han decidido enfrentarse. Puede ganar uno de los dos y quedar herido de muerte. Eso sucede a menudo en las peleas de gallos. Y es que pueden ser rojos o negros, grandes o pequeños, listos, valientes o traicioneros, pero lo que nunca harán dos gallos es sentarse a negociar. No está en su naturaleza.

Sólo existe una manera, que yo propongo formalmente, pues al parecer no se le ha ocurrido a nadie, de que dos gallos convivan pacíficamente en el mismo corral: caparlos. Los capones no cantan ni pelean. Es sabido que los gallos capados viven su vida con placidez y no se meten con nadie. Si coge usted a Rajoy y a Puigdemont y los capa, los problemas desaparecerán de un plumazo y uno y otro podrán sentarse y negociar apaciblemente un referéndum o un nuevo encaje de Catalunya en España. La solución puede parecer drástica a simple vista, pero sería mucho menos lesiva para todos que el drama que se avecina. Y dejarían de chillar cada mañana despertando a todo el mundo. ¡Son todo ventajas!

También es cierto que seguramente ni uno ni el otro se avendrían a tomar esta solución. Yo al menos no me dejaría capar así como así. Pero ambos deben pensar en el bien de sus respectivos pueblos, de sus corrales, de sus gallinas y de sus pollitos y pollitas. Una vez capados, los líderes catalán y español se verían libres de demostrar cada mañana a los miembros de sus corrales los valientes que son, lo mucho que chillan y lo dispuestos que están a matar y morir y así, liberados de esa pesada losa, podrían asumir su responsabilidad sin recurrir a la amenaza y sin asaltar violentamente el corral del vecino.

Si a alguien se le ocurre una idea mejor, que la diga, pero hasta la fecha nadie ha hecho una propuesta más lógica. Tan alborotados están los gallineros que a nadie le da por pensar.

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