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¿Lo posible? Para los pobres

POR SUERTE estamos los españoles a lo que hay que estar, preocupados porque Catalunya sigue dando pasos hacia una independencia que, según nos asegura el propio Mariano Rajoy —hasta donde yo sé presidente del Gobierno— es imposible de toda imposibilidad. Tal afirmación, al menos a primera vista, puede parecer una enorme contradicción pero en esta santa tierra somos así, es una de las peculiaridades que mejor nos definen como nación: basta que un gobernante se muestre firme y seguro sobre cualquier asunto para que nosotros, el pueblo libre, comencemos a preocuparnos y hacer acopio de alimentos no perecederos, por si acaso.

Un buen ejemplo de lo que digo lo encontramos en la crisis financiera que sufrió España y el mundo entero hace unos años. Como los bancos eran depositarios de nuestros ahorros y se corría el riesgo de que todo desapareciese como un conejo en manos de un mago experimentado, se nos dijo que la solución consistía en rellenar las flaquezas de dichas entidades con suntuoso dinero público, unos 54.353 millones de euros recién planchados que serían restituidos en cuanto el viento soplara de popa y los españoles pudiésemos retomar esa mala costumbre de vivir por encima de nuestras posibilidades. "Al contribuyente no le costará ni un euro", dijo entonces el ministro de las perras y los cuartos para tranquilizarnos, lo que inmediatamente provocó un pánico colectivo como pocas veces se ha visto en este país.

Como el tiempo todo lo cura y gracias a que, poco a poco, dejó de hablarse del tema, lo que en su día nos pareció una hecatombe irreparable pasó a ser materia de consumo restringido, un tema para especialistas y tertulianos aburridos que no pueden competir con las correrías de Alba Carrillo y su madre, los goles de Cristiano Ronaldo o el reencuentro de los triunfitos. Tan pronto como el Gobierno dejó de pregonar a bombo y platillo que el dinero sería devuelto nos olvidamos de él, como si ya no lo necesitáramos, y así han pasado los días hasta que, esta misma semana, ha salido el Banco de España a contarnos que, de momento, se han recuperado 3.873 millones, podría llegarse hasta los 14.275 millones, con algo de fortuna, y que mejor haríamos todos en olvidar los 40.078 millones restantes.


Preocuparse ahora por un dinero que nos quitaron años atrás no entra en nuestros planes


Y es que, sinceramente, ¿a quién le preocupa semejante nimiedad cuando los catalanes van de cabeza hacia un abismo que el gobierno nos asegura que no existe, con Messi sin haber firmado su enésima renovación de contrato y a punto de estrenarse una nueva edición de Masterchef Celebrities? El español está siempre a lo que toca, firme como un cabo especialista. En eso somos un pueblo ejemplar, admirable, y preocuparse ahora por un dinero que nos quitaron años atrás no entra en nuestros planes inmediatos, salvo que alguien vuelva a asegurarnos que los vamos a recuperar y, entonces sí, retomemos el interés por saber qué ha pasado con él antes de apuntalar las puertas y ventanas de nuestras casas.

Nuestra idiosincrasia contrasta con esos ingleses de tez pálida, bares con toque de queda y fútbol jugado al punteirolo; es un hecho. En su día, como en España, el Gobierno británico rescató al Lloyds Banking Group con 23.868 millones de las arcas públicas y a cambio se quedó con 43% de su accionariado. Hace poco conocimos la noticia de que el Gobierno había vendido la mayor parte de esas acciones, recuperado hasta la última libra de lo prestado y acumulados más de 1.000 millones de euros en beneficios, un retorno que en España nos suena a cosa de Jedis y ciencia ficción. Por el camino, además, el Parlamento británico ha permitido un referéndum de autodeterminación en Escocia, otro para decidir si abandonaban o continuaban en la Unión Europea, y el Manchester City ha fichado a Pep Guardiola. Seguro que habrá quien los proponga como ejemplo de sociedad moderna y democrática pero la mayoría no podemos evitar pensar aquello que solían decir Astérix y Obélix de los romanos: están locos estos ingleses.

Catalunya, la independencia imposible del pueblo catalán: eso es lo que nos preocupa. Y Venezuela, eso también. Que las rías gallegas languidezcan en una contaminación rampante, que Andalucía o Extremadura arrastren un problema de paro crónico o que los alquileres en ciudades turísticas empujen al trabajador a vivir al otro lado del río nos preocupa menos pues, a fin de cuentas, sabemos que son problemas con solución y los gobiernos respectivos no se pasan todo el santo día dando la murga con que están poniendo todo lo necesario de su parte para revertirlos. Si quiere usted ver a un español preocupado enfréntelo a un problema ficticio, a alguna preocupación lejana e improbable y entonces descubrirá la fuerza y determinación de este pueblo en el que los siete pecados capitales han sido reducidos a cinco, quizás a cuatro, que para eso somos el pueblo favorito de dios.

En lugar de enmiendas al plan secesionista, mociones de censura y demás paños calientes que no sirven para nada —pues nada hay que calentar— los grupos del nacionalismo bueno, el español, deberían centrarse en aspiraciones útiles, actuaciones pintorescas y canallitas que refuercen nuestra identidad como nación festiva y faldicorta. Poco conozco a mi España si las plazas de los pueblos no se llenaran de brindis y festejos ante una eventual reforma de los símbolos nacionales, por ejemplo. Así, el león podría ser sustituido por un toro o un cerdo ibérico, incluso por uno celta. La leyenda Plus Ultra que adorna nuestro escudo, un latinajo incomprensible y a todas luces demodé, dejaría paso al campechano y sobreactuado 'Será por dinero'.

Y hasta el propio Congreso de los Diputados, garante de nuestra soberanía pero anticuado y aburrido a todas luces, sufriría una transformación con forma de platillo volante al más puro estilo del futuro Santiago Bernabéu. Parecen logros imposibles, de acuerdo, y por eso mismo deberían motivarnos. Recuperar el dinero que prestamos a los bancos, en cambio, no deja de ser un anhelo propio de pobres.

¿Lo posible? Para los pobres
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