Opinión

Galicia va en esos trenes que chocan

Como gallego que creció a lomos del catalán siento que viajo en los dos convoys y creo que eso vale para Galicia en su conjunto, que se juega más que nadie en la estremecedora colisión

EL 18 de agosto al mediodía, cuando se nos estaba empezando a pasar la congoja que daba andar por el centro de Barcelona, me coincidió llegar en tren a la estación de Francia por primera vez en mucho tiempo. Así, la emoción de regresar a uno de los lugares míticos de mi infancia se mezclaba con el estremecimiento del día después del de la barbarie yihadista en las Ramblas y Cambrils. Y tenía prisa, por lo que no pude disfrutar como me hubiese gustado de caminar por los andenes de esa enorme estación términi, como la de A Coruña, pero multiplicada por varias veces, o como la de Roma, aunque la barcelonesa sea más bonita, si bien sin la enorme librería que hay en la italiana.

El 18 de agosto llegué en un tren de cercanías del Baix Llobregat, no en el catalán de los años 70, el nada rápido expreso que había sustituido al célebre Shangai de la máquina de carbón, a la que, como cuenta mi madre, se podía adelantar a pie en las cuestas y que en los túneles tiznaba las ropas de los pasajeros gallegos, perfectamente identificables así al bajarse de los vagones. 

Los viajes que más recuerdo eran en dirección a Galicia, en junio. Salíamos al mediodía, primero de la estación de Francia y ya entrando en la década de 1980 de la de Sants, que era y es un lúgubre apeadero subterráneo sin encanto. Llegábamos a Sarria a media mañana del día siguiente. Ese viaje en el ‘catalán’, en literas, era una aventura, con fiambreras con tortillas y filetes empanados, caramelos, barajas y mucha lectura. Me encantaban las ventanillas que se bajaban e intentar en las curvas ver entero un convoy que, hasta su división en Monforte, era inmenso. Otra diversión eran los casi interminables paseos por los vagones con la disculpa de localizar la cafetería.

Como supongo que le pasará a mucha gente con una trayectoria vital similar, la metáfora del choque de trenes, que ya se ha hecho realidad y que la Generalitat utiliza en la promoción del referéndum, me resulta  muy dura y hasta aterradora. Al margen de simpatías catalanistas, y con independencia del desacuerdo con procedimientos concretos, siento que voy en los dos trenes, en el que choca de un lado y en el del otro.

Por eso, como cuando se daba el milagro de ver en una curva los dos lados del tren, sé muy bien que es tan falso que en España no haya democracia, por muy imperfecta que sea y por controvertida que resulte su genética tardofranquista, como que el independentismo catalán sea totalitario, aunque esta semana se haya saltado a lo bruto varias señales de tráfico parlamentario para poder convocar durante 24 horas el referéndum de autodeterminación, sin que el radar del extralimitado Tribunal Constitucional lo pudiese impedir.

Como yo, creo que Galicia también va en los dos trenes que se embisten y no sólo por esos 71.564 gallegos de nacimiento de Cataluña, el 37% de la provincia de Lugo, Sin ser muchos, constituyen una parte esencial de la sociedad catalana, pues, entre otras cosas, controlan la hostelería.

Como la única de las tres nacionalidades históricas que nunca pidió cambiar el status quo, no hay duda de que Galicia seguirá en España pase lo que pase y de que las opciones de mejorar su autogobierno, o por lo menos preservarlo, de mantener su gasto público y de poder llegar a hacer algo para frenar el ocaso de su lengua propia dependen de cómo se resuelva el choque.

La duda reside en si, para no tener que ir a La Rioja, Andalucía, Madrid o Murcia a admitir que faltaron a la verdad durante 40 años y que esos territorios no son políticamente equiparables a Cataluña, Euskadi y Galicia, los gobernantes españoles serán capaces de permitir que el referéndum sea la única solución viable. 

La longevidad hizo de Albor un político muy representativo

EL primer presidente de la Xunta de Galicia, Xerardo Fernández Albor, se incorporó el pasado jueves al club de los centenarios, al que en Galicia pertenecen 6 de cada 10.000 personas. Se trata de una proporción que sólo supera Castilla y León, con un 6,6, mientras la media española es del 3,3. Los gallegos de más de 100 años de edad son el 10,4% del total, lo que supone un porcentaje similar al que representaba la población de Galicia en el conjunto de España a comienzos del siglo pasado. Son datos que muestran un envejecimiento que sobre todo se refleja en ese 24,6% de gallegos de más de 65 años, una proporción similar al del 24,8% que hay en Castilla y León y Asturias y que supera muy ampliamente la media española, del 18,8%.

Su bonhomía, prudencia, carácter pausado, conocimientos médicos y seguramente también la suerte han convertido a este cirujano compostelano, que fue instruido como aviador por la Luftwaffe durante la Guerra Civil, en uno de los raros políticos que sobrepasan los cien años de vida. Y al hacerlo en una Galicia envejecida, alcanza así un carácter muy representativo que ya tuvo oficialmente como máxima autoridad autonómica entre 1981 y 1987, aunque políticamente la realidad fuese distinta.

A golpe de homenaje y a medida que se ha ido quedando como patriarca no sólo de la derecha sino también de la política gallega en general, la figura de Albor ha experimentado en los últimos lustros un proceso de mitificación bastante singular, hasta el punto de llegar a aparecer no ya como padre de la autonomía gallega sino como impulsor de la unificación alemana, debido a que, en su condición de eurodiputado y conocimientos de la lengua Goethe, presidió la comisión del parlamento de Estrasburgo encargada de la cuestión.

Causa sonrojo escuchar o leer algunas de las cosas que se afirman de Albor o que le preguntan a él, como la de una entrevista radiofónica de hace unos meses cuando le pidieron que explicase como logró hacer de Galicia una nacionalidad histórica, como si hubiese tenido algo que ver en ese proceso y como si no hubiese existido el Partido Galeguista de la II República. O cuando le piden que explique los do por el Tribunal Supremo por prevaricación.Antes de que Barreiro tumbase a Albor, el que gobernó fue Rajoy, que como vicepresidente defendió a la Xunta en la moción de censura de 1987 mientras Albor sólo intervino al final.

Y es que este hombre de porte distinguido, educado, afable y conectado a través de García Sabell con el galeguismo histórico fue secretos para gobernar en minoría, como si él se hubiese ocupado de esas cosas, en vez de descargarlas en sus sucesivos vicepresidentes, sobre todo en Barreiro Rivas, quien consumido por su ambición lo derribó y logró el récord de ser vicepresidente de la Xunta en la misma legislatura con PP y PSOE, para acabar después siendo condenadesde el principio el figurante que,por mediación de Augsto Assía y Victoria Fernández España, puso Fraga como candidato en 1981 porque él prefirió quedarse en Madrid. Después, Fraga aparecía en los carteles y el lema de campaña se refería a él. Pero Albor, cinco años mayor, le ha sobrevivido y ahí sigue, ojalá que por muchos años.

Cuando Cataluña ear la autonomía preferida por los gallegos para vivir

Según una encuesta de la Xunta de 2007 Cataluña era, después de Galicia, la comunidad preferida por los gallegos para vivir. Por una parte ,se elegía la mejor, que era Galicia con un 69%, seguida de Cataluña con un 11%. Y por otra, la peor, que era Madrid con un 27%, mientras Cataluña era la cuarta con un 11% Hoy quizá sea distinto, pero estos datos contrastan con el discurso oficial.

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