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Enfados que duran la vida

Hace unos meses, a raíz de un problema personal, una antigua amiga me escribió para decirme que podía contar con ella y que estaba muy orgullosa de mí. El mensaje, que puede parecer cariñoso y digno de agradecer, me dejó con la cabeza descolocada y el alma del revés. Hacía unos tres años que no me escribía si no era para contestar un mensaje mío, y durante los dos últimos no habíamos tenido ningún tipo de comunicación aparte del impersonal seguimiento en redes. Además, y sin motivo aparente, un buen día su marido me había bloqueado en Facebook. Un señor al que yo había visto cuatro veces en mi vida y con el que, desde luego, jamás me había peleado.

El mensaje, larguísimo, incluía en sí mismo una especie de justificación absurda sobre el motivo de su enfado, el cual, decía no recordar. "Tuvo que ser una chorrada porque no me acuerdo". Cuando le repliqué que yo era la que no recordaba haber hecho nada que mereciese tal reacción, me contestó que quizá pensó que era yo la que me había enfadado con ella y, entonces, ella se había enfadado también. El oxímoron del enfado. Y volvía a insistir en el "qué más da", como si por mucho decirlo iba a olvidarme de tres años de silencio mientras me asfixiaba el runrún de espetarle qué le había dicho de mí a su pareja. No lo hice. Para qué.

Constantemente tomamos decisiones que afectan a nuestras vidas y a las de los demás

Y así, como quien viene a devolverte el libro que le dejaste meses atrás, reaparece en mi vida una de mi mejores amigas durante un periodo fundamental de mi vida, exigiendo recuperar el tiempo perdido.

La reconciliación conlleva una especie de expiación de pecados por ambas partes. Las cosas no se pasan porque sí, porque haya pasado mucho tiempo, o por no acordarse del motivo del enfado. La sociedad digital nos ha convertido en cobardes acostumbrados a no dar la cara, capaces de acabar con amistades forjadas durante años a golpe de clic. A todos nos da pereza dar explicaciones porque significa exponernos y a veces reconocer que la cagamos. Todos la cagamos. Constantemente tomamos decisiones que afectan a nuestras vidas y a las de los demás. Muchas son estúpidas y algunas completamente prescindibles. La humanidad es así.

Las explicaciones no son un tema baladí. Importan. Primero, porque la otra persona tiene derecho a saber que estás enfadado y el motivo de tal circunstancia. La ignorancia alimenta teorías paralelas y enquista rencores. Segundo. Las ausencias prolongadas convierten en desconocidos a los amigos, a las parejas, a los amantes. Conviene no olvidarlo a la hora de abordar a una persona cuando la eches de menos o consideres que ha pasado el tiempo recomendado para un enfado. Tercero. Si después de dos, tres, cuatro años, alguien necesita contar con una persona ausente es porque realmente lleva muy mal lo de su vida social.

Las relaciones personales son tremendamente complicadas. Cada vez que levanto el teléfono o tomo una caña, tengo enfrente a alguien enfadado con otro alguien. A veces el segundo lo desconoce y vive feliz en su ignorancia hasta que descubre la pestaña "añadir a mis amigos" en el perfil del amigo que ya no lo es.

La oportunidad del enfado se puede presentar varias veces al mes, a la semana, al día

Con los años, he aprendido que las relaciones de pareja y de convivencia son las más complejas porque conllevan un grado de intimidad y de necesidad incomparables. La oportunidad del enfado se puede presentar varias veces al mes, a la semana, al día. Enfadarse o no acaba convirtiéndose en una cuestión de tolerancia cuando ya asumes que no por mucho cabrearse va a mutar el mapa genético de la otra persona. Lo único bueno de los enfados en pareja es que las reconciliaciones suelen acabar en la cama y que el sentimiento de culpa alimenta la pasión.

Me enfado mucho. Muchísimo. Siempre creo que tengo toda la razón pero al final ni tanta, ni siempre. Tengo un carácter complicado y con el síndrome premenstrual ni Pol Pot se atrevería a toserme. Soy rencorosa. Exijo y doy explicaciones. De todas las taras humanas la cobardía es la que más dentera me da. Por culpa de la cobardía nadie escucha las hostias en el piso de al lado y los jefes explotan a sus empleados más vulnerables.

Pero últimamente me persigue un pensamiento recurrente. Enfadarme con un ser querido y morirme enfadada, envenenada de rencor sin poder arreglar aquella estupidez. Dejar pasar años y no acordarme siquiera del motivo del enfadado. Girar la cabeza por la calle al paso de la amiga que te quitó tantas veces las penas sin saber por qué empezó todo aquello ni quién fue la primera en apretar el botón del adiós.

Nos pasamos la vida enfadados y así los enfados nos duran la vida.

Enfados que duran la vida
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