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El rostro del mal

NO PUEDE darse por cerrado el debate sobre la publicación de imágenes de un atentado ni tampoco puede darse por resuelto el cuestionamiento del imperio de la transmisión en directo por las redes, que acaba contaminando con sus riesgos reales de desinformación a los medios solventes, profesionales. No se puede dar por cerrado, al menos para quienes seguimos cargados de dudas e interrogantes. Y no se puede dar por resuelto, al menos para quienes mantenemos todas las prevenciones frente a la imposición de las verdades absolutas cuando vienen con el autoetiquetaje de censura moral para los profesionales y los medios discrepantes, sin más debate. La descalificación del discrepante o del dubitativo bajo el paraguas de lo políticamente correcto es una censura, fruto de la comodidad que da acatar la norma dominante, aunque esta no proceda de lo que se entiende por centros de poder tradicionales. Tiene que haber espacio y tiempo para el debate. Es imprescindible. Es necesario, salvo que se frivolice todo, aunque sea esa la descalificación para quienes no tienen —no tenemos— claro que se deba ocultar la imagen real del dolor.

Vamos por la polémica de las imágenes, por permanente y por encuadrarse, o eso parece, en una tendencia general de esta sociedad a ocultar la realidad y la crudeza de la muerte, a reducir a videojuegos y a realidad virtual los desgarros de la guerra y la violencia terrorista con sangre y destrozo de cuerpos humanos. El cine antibélico, pienso en Joseph Losey o en Kubrick, mostró hasta el límite la crudeza dramática de la guerra.

A riesgo de equivocarse y de que más que recibir discrepancias se reciban insultos, de momento me inclino por la necesidad ética de mostrar la dimensión real, la imagen, con la foto y la palabra, de las consecuencias del mal sobre los inocentes

La realidad de la barbarie de Barcelona no está reflejada en la imagen del minuto de silencio con las autoridades y con la concentración de miles de ciudadanos solidarios con las víctimas. No está reflejada en los altares de velas y flores en las Ramblas. Esa es una respuesta al mal. Pero no es la imagen o la realidad del mal y del dolor de las víctimas y sus familias. Esa foto, esas imágenes televisivas, como todas las concentraciones de condena, tienen un valor informativo pero ese no es, en su dimensión real, el rostro del drama y, en definitiva, del problema al que se enfrentan las sociedades abiertas occidentales. A los medios de comunicación les debe corresponder la obligación de transitar por una delicada línea ética de, sin caer en el sensacionalismo ni alimentar el morbo, dar la imagen de la dimensión real de lo que sucede en un atentado, de lo que acontece en la tragedia de un accidente. Es un camino cargado de minas pero no sería ni profesional ni ético renunciar al riesgo de equivocarse. La foto de portada del atentado de Barcelona que publicó Diario de Pontevedra y El Progreso, como otros medios de referencia, reflejaba esa realidad de la muerte, del dolor y en el rostro de un hombre sentado en el suelo con una víctima, hasta el interrogante, y la impotencia, el porqué ante el absurdo de una acción así: del mal por el mal aunque llegue bendecido en nombre de un dios, y aunque decir esto se haya convertido también en políticamente incorrecto. El relato que se quiere imponer como correcto corre el riesgo, o eso temo, de alejarse peligrosamente de la crudeza real y de todos sus componentes.

Tapar y ocultar el dolor parece más bien un atajo para evitar el impacto traumático, y sobre todo interrogativo, ante un suceso como el de Barcelona. Las campañas para prevenir los accidentes de tráfico pasaron y pasan por mostrar sin filtros la crudeza del suceso y de sus consecuencias. La responsabilidad frente al terrorismo que afecta a las ciudades occidentales, y al mundo, si tapa la crudeza de esas acciones podría, bajo un pseudo escudo ético, caer en una indecencia mayor: la de dulcificar la maldad.

Sé que es una línea cargada de riesgos. Sé que no se puede olvidar el respeto a la víctima y a su familia. Sabemos que caerán las acusaciones de carroñeros o que se levantarán los falsos profetas de la pureza para hablar, sin dudarlo ni una sola vez, de comercio con el dolor, de concesiones al morbo. ¿A quién se hace concesión ocultando la muerte violenta del inocente? A riesgo de equivocarse y de que más que recibir discrepancias se reciban insultos, de momento me inclino por la necesidad ética de mostrar la dimensión real, la imagen, con la foto y la palabra, de las consecuencias del mal sobre los inocentes.

Opto por permanecer en la duda, por el riesgo de equivocarnos frente a la verdad que viene impuesta y que no admite ni la duda.

El rostro del mal
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