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De rodríguez

ME HICE mayor un fin de semana a mediados de los años 90, cuando mis padres y mi hermano se marcharon un viernes al pueblo y no regresaron hasta el domingo por la noche. En un giro imprevisto de los acontecimientos, por primera vez en mi vida no tenía que rendirle cuentas a nadie. No sólo se me estaba concediendo la casa durante dos días. Se me estaba concediendo la libertad para entrar y salir cuando quisiese. Para invitar a quien quisiese. Para comer lo que quisiese. Para ver en la tele lo que quisiese y acostarme a la hora que quisiese. Se me estaba concediendo mi propia soberanía. Mi propia capacidad de autogobierno. Todo un universo de posibilidades ajenas a la adolescencia se presentaba sustancioso ante mí.

Lo que yo ignoraba entonces era que al entregarme la libertad se me entregaba también la competencia para utilizarla debida o indebidamente. La oportunidad de hacer de ella un uso correcto o incorrecto —valoración que no me competía a mí, como es natural—. Estaba solo en casa durante todo el fin de semana y podía comportarme como me viniese en gana, pero eso no significaba que hubiese sido liberado de asumir las consecuencias de mis actos. Dudo mucho que mi madre leyese cómics de Spiderman o que fuese devota de Franklin D. Roosevelt, pero puedo garantizar que conocía esa máxima que dice que un gran poder conlleva una gran responsabilidad. Cuando regresaron el domingo a media tarde, cuatro horas antes de lo acordado y sin previo aviso, se me cayó la mandíbula al suelo.

En realidad, yo no había hecho nada malo, aunque lo parecía y afirmaba que era inocente, como todos los culpables. Para ser sinceros, mi primer fin de semana solo en casa había sido de lo más timorato. No cometí exceso alguno. No hubo fiestas, ni comilonas, ni invitados con los que trasnochar. Al fin y al cabo, mis posibles cómplices estaban en sus casas con sus padres. Pero lo importante no era eso. Daba igual haberse corrido una juerga o no. Lo importante no era que hubiese sucedido, sino que podría haberlo hecho. Lo importante era disponer de esa posibilidad. Tener la opción de salirse del margen. "Te quedas de rodríguez, hijo", me había dicho mi padre cuando se despidió de mí el viernes. No sabía qué era aquello, pero sabía igual que la vida adulta. Supiese ésta como supiese.

Hace unos días, mi amigo Miguel Diéguez —lo he mencionado tantas veces en esta columna que tal vez ni exista— me comentó que este verano había estado un par de semanas de rodríguez con su hijo de doce años. La estampa, así planteada, parecía alejarse un poco del estereotipo, así que le pregunté si, precisamente por perpetuar el tópico, no habría preferido quedarse solo. Sin su hijo. Y entonces me habló de las tardes que pasó enseñándole sus discos y descubriéndole sus grupos preferidos. Y de las noches en el sofá viendo películas y comiendo palomitas. Y de los mediodías que se fueron los dos a comer juntos por ahí. Y me habló de las largas conversaciones. Y de las confidencias. Y de la camaradería que se había generado entre ambos y cómo habían estrechado lazos. Y entendí que hacerse mayor no tiene nada que ver con la libertad o el autogobierno. La vida adulta no sabe a eso. Sabe exactamente como las escenas que aquel día, mientras nos tomábamos una copa tranquilos, solos, sin hijos, me estuvo describiendo Miguel.

De rodríguez
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