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De padres e hijos: Cosa Nostra

PARA LOCALIZAR y detener a Giovanni Brusca, la policía italiana utilizó un curioso procedimiento. Con el teléfono del mafioso pinchado pero sin las posibilidades de situación que ofrece la tecnología actual, alguien tuvo la feliz idea de caracterizar a uno de los agentes como repartidor de pizzas y ponerlo a dar vueltas por todo San Leone, en Agrigento, a lomos de una motocicleta sin tubo de escape. En cuanto la escucha detectó el sonido del vehículo, se delimitó la búsqueda, se seleccionó el objetivo y, pocas horas después, los equipos tácticos de la policía asaltaban un chalet en el que se encontraron a Brusca viendo una película sobre el juez Giovanni Falcone, la más ilustre de sus víctimas. Junto a un mueble del comedor, los agentes distinguen lo que parece un arma de fuego pero se trata de la pistola de juguete con la que suele entretenerse su hijo pequeño, Davide. Apodado lo Scannocristiani, el Matacristianos, su captura supone un triunfo colosal de los cuerpos de seguridad italianos y un alivio para todo un país que se había arrugado y empequeñecido hasta el extremo tras el brutal asesinato del juez.

Nacido en un pueblo del norte de Sicilia, desde niño se maravilla Brusca con el respeto reverencial que muestran los vecinos de San Giovanni Jato hacia su padre, Don Bernardo. Con apenas cinco años lo visita en la cárcel, a menudo se lo encuentra en el patio trasero de la casa limpiando diferentes armas pero todavía no sabe que es el capo del comandamenti local: mafia, en aquellos años, es una palabra que define un fuerte sentido del orgullo personal, nada que ver con su significado actual, y nadie habla de lo que no debe. Sin embargo, Don Bernardo regresa a casa una noche y solicita la ayuda del menor de sus tres hijos para asegurar una coartada, lo que provoca al pequeño Giovanni una enorme satisfacción que se le filtra en la sangre como una droga: acaba de descubrir el sentido de la responsabilidad, la confianza, el honor... Pese a los intentos de Don Bernando para que estudie y se busque otra vida, su destino queda sellado desde aquella misma noche.

"He matado a cien pero menos de doscientos", reconocería posteriormente

En Noviembre de 1993, la organización descubre que uno de los suyos está colaborando con la policía. El topo se llama Santino Di Matteo y para obligarlo a callar deciden secuestrar a su hijo Giuseppe, de once años, que es trasladado a un escondite en Altofonte. Di Matteo y Brusca son grandes amigos y el asesino de Falcone adora al pequeño casi tanto como a sus propios hijos. Sin embargo, nada está por encima del negocio y una semana después de su desaparición, la familia recibe una foto de Giuseppe acompañada de un mensaje inequívoco: "Tapacci la bocca". El cautiverio se prolongará hasta finales de 1996, cuando Brusca llama a uno de sus soldados y le ordena "matar al cachorro". Nino Gioé, el mismo que lo había acompañado a Capaci cuando hicieron volar por los aires a Falcone, su mujer y sus escoltas, estrangula al pequeño Giuseppe con sus propias manos y disuelve su cuerpo en un barril de ácido nítrico. Al terminar, como siempre, se persigna.

Para convertirse en un hombre de honor, Brusca había de demostrar su valor del único modo que entiende la Cosa Nostra: asesinando. Su primer encargo, con apenas diecinueve años, fue el de matar a un joven de su misma edad que residía en un municipio cercano, Piana degli Albanese. Mientras su víctima descarga unos paquetes de una furgoneta, el Scannocristiani se acerca en un coche robado, dispara hasta que la pistola se encasquilla y acelera para alejarse de la escena del crimen. Ha cometido el error de disparar con las ventanillas subidas, la pólvora le provoca un picor agudo en la garganta, los tímpanos le silban, ni siquiera sabe si ha matado o no al objetivo... En cuanto recupera la calma, Brusca decide que nunca más volverá a cometer ni el más mínimo error y desde ese mismo momento se convierte en un perfeccionista del asesinato. "He matado a cien pero a menos de doscientos", reconocería posteriormente con inquietante imprecisión el más brutal y prolífico asesino del ala militar de la Cosa Nostra.

Su rito de iniciación cumple todos los cánones del imaginario mafioso. Su padre abre la puerta, abandona la estancia y lo invita a pasar. Dentro, el capo di capi, Toto Riina, le ofrece la silla que Don Bernardo ha dejado libre a su derecha. Junto a la Bestia, que es como se conoce a Riina, se encuentran otros grandes capos del clan de los Corleoneses como Giuseppe Gambino, Leoluca Bagarella o Nicola Salomone que comienzan a interrogarlo: ¿Está dispuesto a matar? ¿Se puede confiar en él? ¿Podrá ser un verdadero hombre de honor sin apenas edad para ser un hombre? Sobre la mesa puede ver los tres símbolos principales del ritual: el puñal, la pistola y una estampa de la virgen, la Santinna. Con el cuchillo, Riina practica un corte sobre uno de sus dedos y restriega la sangre sobre la imagen. Entonces prende fuego a la estampa y la coloca sobre las manos del iniciado en escrupuloso silencio, sujetándolas con las suyas propias, reforzando el lazo indivisible que existe entre los dos a partir de ese momento. Cuando Don Bernando es invitado a regresar, el Padrino los presenta como si fuesen dos desconocidos y ambos se funden en un abrazo pero no como padre e hijo, sino como iguales y hombres de honor.

"Nunca he matado por razones personales, siempre por cosas de la organización. Si hubiera tenido un momento para reflexionar, un poco más de calma para pensar, quizás habría una posibilidad entre mil, entre un millón, de que hoy el chico estuviera vivo", declaró Brusca en cierta ocasión refiriéndose al hijo de su antiguo amigo Santino Di Matteo. Y es que así se vivía y moría en Italia es aquellos años de barbarie mafiosa: en el nombre del padre.

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