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LOS TEMORES, miedos e incertidumbres que genera la cuestión catalana, tanto en Cataluña como en el resto de España, se han rebajado tras otra rocambolesca sesión del Parlamento catalán y el discurso del señor Puigdemont. La respuesta del presidente de la Generalitat al requerimiento que el miércoles le formuló el presidente del Gobierno, para aclarar si hubo o no declaración de independencia, marcará definitivamente si el diálogo es posible dentro del marco legal. Si se pretende acentuar el conflicto o buscar salidas. Si la Generalitat no establece barreras para el diálogo —el marco está fijado en un sistema democrático como el que nos movemos—, con riesgo evidente de quedarse sin el apoyo del independentismo antisistema, y si Mariano Rajoy no cede ante las llamadas y presiones incendiarias de un renacido nacionalismo uniformista, podría ser posible abordar y dar respuesta al encaje de Cataluña en España, un problema que se arrastra históricamente y que aflora de tiempo en tiempo de manera trágica. No se trata ni de "conllevar", que es un camino a la nada, aunque brille como original pirueta estilística orteguiana, ni se trata de aplastar o someter a nadie. Hay que dar solución en el diálogo. No cabe mucho espacio para el optimismo. El "si, pero no" de Puigdemont en el Parlamento el martes —tras las presiones, advertencias y choques con la realidad— hay que verlo como contraste frente al acelerón irresponsable con que se vino conduciendo la Generalitat y sus apoyos desde el mes de septiembre. Es preciso que el nacionalismo democrático y pactista catalán sea permeable a los cambios que se preciben como novedad desde un Gobierno que acepta que se puede reformar la Constitución; un Pedro Sánchez que se desmarca claramente de esas demandas de un diálogo que ignoran el marco legal e institucional, que en realidad son fórmulas para despejar el tránsito a quienes no solo pretenden enterrar el sistema político sino también el económico y social, con la nada como alternativa.

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