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Un problema que crece

LA OPERACIÓN acogida del Aquarius en España con seiscientos emigrantes es humanitaria. Y es de una gran rentabilidad por proyección e imagen para el Gobierno de Pedro Sánchez. Hace marca para el Gobierno dentro y fuera. En número han llegado en pateras a las costas de Andalucía durante estos días tantos migrantes como los del Aquarius. Pero no se logra ese efecto de comunicación que suponen las crónicas y las imágenes desde el barco o los preparativos y la llegada a Valencia. El Aquarius estaba abandonado a su suerte en el Mediteráneo. El malestar italiano es justificable. Una peligrosa mecha con responsabilidad en toda Europa. El cinismo del gobierno francés sobrepasa límites. Y la inoperancia de la UE se hace más patente. Ese barco que llega ahora a Valencia es la representación plástica de la inexistencia de una política europea para las migraciones. Una carencia que tuvo costes políticos para una Angela Merkel humanitaria. Una carencia que despertó la expresión xenófoba en la derecha bávara. Sí, Baviera otra vez. Ahora se traduce en una alarmante unión de la extrema derecha europea con políticas de repliegue, rechazo y xenofobia en un eje entre Italia, Austria y Alemania. En España está presente en acciones que, como sucede en Madrid sin que pase nada, practican atención social —comida, por ejemplo— solo para ciudadanos españoles. Excluye a todo extranjero. La traducción electoral de este racismo crece en España, según los últimos sondeos de esta semana. Podrían llegar al Congreso de los diputados. Si el riesgo de efecto llamada existe ante la operación Aquarius, el riesgo de la extremaderecha racista avanza por Europa y también por España. Si la operación Aquiarius es rentable en imagen para el Gobierno, continuará, sin embargo, la necesidad de practicar políticas

Un problema que crece
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