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Un problema que avanza

LA SATURACIÓN, con el consiguiente hartazgo, de las informaciones y opiniones sobre Cataluña ha podido generar ya indiferencia o una 'normalización' del problema. Ante la remodelación del Gobierno que realizó esta semana el señor Puigdemont hay una valoración que parece acertada: quienes gobiernan hoy Cataluña están dispuestos, salvo que se impida, a llevar al final la declaración de independencia.

El propio Rajoy lo ha dicho: se han radicalizado.Solo cuentan los radicales. Cómo se ha llegado hasta esta situación poco aporta y poco importa en estos momentos. Obviamente será exigible la responsabilidad política. Cómo se piensa evitar, sigue siendo una incógnita. Si al Gobierno se le acusa de no tomar la iniciativa ante este problema, la vía que anunció esta semana Pedro Sánchez nada va aportar antes del 1-O, al menos. Presenta además interrogantes muy abiertos, ¿qué hay que entender por dar respuesta a las demandas del nacionalismo catalán? Que no se haya dado respuesta dentro de España al hecho singular catalán —en lugar del café para todos, como gran error que fue— no significa que fuese a satisfacer o vaya a acallar las demandas del nacionalismo secesionista. No.

Desarmar de razones, incluso las sentimentales, al independentismo, integrar como valor de país —España— la pluralidad diferenciada de algunos de sus territorios, debió haber sido la política a practicar desde hace años. Pero no es ese ahora un recurso como medicina de urgencia para un problema en otra dimensión, a dos meses vista.

Si las alternativas de Pedro Sánchez al Gobierno y para los secesionistas son las que anunció, es probable que el Gobierno se encuentre más solo cuando enfile la recta final la máquina a la que Puigdemont alimentó con energía ciega esta semana. También sería necesario dar aconocer las consecuencias negativas para el resto de España.

Un problema que avanza
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