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EL PRESIDENTE DEL Consello da Cultura Galega, Ramón Villares, habla de un exceso de creación de colectores culturales —auditorios, bibliotecas, centros culturales— en los años de bonanza económica y que no responden a la demanda real. Lo que se dice de los "colectores culturales", para los que no hay en muchos casos ni programación ni público, es trasladable a pseudoparques empresariales, que acogen discotecas o maleza, mientras las naves comerciales, industriales o de almacenaje continúan en los cascos urbanos o salpicadas por el paisaje rural. La demanda de políticas localistas clientelares, de mirada corta, y la respuesta a las mismas por parte de las otras administraciones son desencadenantes de tal gestión de los recursos públicos con esos contenedores culturales —y no solo la Cidade da Cultura— pabellones deportivos, piscinas climatizadas para las que luego no hay mantenimiento, centros de exposiciones y congresos, cuando no rimbombantes palacios de arquitectura y materiales algo más que cuestionables. Algún día habría que hacer el inventario y las cuentas de estas alegrías presupuestarias, que finalmente, o ya desde el momento de inaugurarse, ni sirven para atender demandas ni aportan mejoras constatables para los habitantes o la economía local. Una buena programación cultural que atraiga público, no permite la placa inaugural pero, además de atender una demanda y responder a una obligación de un buen hacer político, puede generar actividad económica. También en esta tendencia a la construcción de edificios, sin más justificación que la venta político-partidista y otras personales, no parece que se haya cambiado ni con las lecciones que dejó la profunda recesión que se sufrió desde 2008 ni con el muestrario existente de edificios sin actividad y con puertas cerradas.

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