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¡Que suba o pan e baixe a caña!

EL CONTAGIO del populismo y la demagogia se extendió como metástasis por todo el sistema. Sin alarmismos, pero sin ocultar la realidad: el diagnóstico es de gravedad. A la competición populista, que era un brote que apareció como amenaza localizada para la estabilidad democrática y las libertades, se han incorporado todos. Los magistrados del Supremo: la sentencia de la primera vuelta respondía a esa corriente. El Gobierno y su decreto ley cuando el incendio está ya en la calle. Y los líderes de casi todos los partidos, con sus demagógicas iniciativas, tras una segunda vuelta en la que los jueces se enmiendan a sí mismos, en una acción que supone ignorar el peso y la credibilidad que la Justicia ha de tener en un sistema de libertades. "Estos son mis principios. Si no le gustan, tengo otros". Auténtico camarote de los Hermanos Marx de quienes dictaron y suspendieron sentencias y de quienes se acordaron de legislar o decretar la desaparición del impuesto cuando el plenario del Supremo había dado la victoria a la banca. Frente a los protagonistas de esta situación de descrédito, parecen bastante más sensatos aquellos betanceiros que en la plaza del pueblo pidieron a gritos: "¡Que suba o pan e baixe a caña!". No se trata ya de quién paga ese impuesto de las hipotecas, es el descrédito ganado a pulso de las instituciones, que son pilares de un sistema democrático que busque consolidarse. Los magistrados dictan una cosa y la contraria en casi horas veinticuatro. Y en menos tiempo, el Gobierno toma la iniciativa de enmendar por decreto ley una decisión del Tribunal Supremo. Y para no quedarse atrás, los líderes de Podemos, -normal en esta formación, ya que formaba parte de su razón de ser-, pero también los de Ciudadanos y PP se suben ahora al carro del populismo para ganarse la simpatía, o el perdón, de una ciudadanía absolutamente indignada.

¡Que suba o pan e baixe a caña!
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