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Excesos y obligaciones

NOCHE DE Reyes en Televisión de Galicia. En el fondo del decorado están los nombres de varias capitales del mundo. A Río de Janeiro lo han bautizado Río de Xaneiro. Son ganas de dar la nota, como cuando locutores que como norma destrozan el gallego, hablan del aeropuerto de Baraxas. ¡Que viva ‘'Sangenjo'’! Pero casi llegan a la tortura para pronunciar topónimos en euskera o catalán. Si la armamos durante bastante tiempo por una L, y nada más que una letra L, en el acompañamiento del topónimo de A Coruña, cuando se escribe o habla en castellano, a qué viene esa transformación de Río de Janeiro en Río de Xaneiro. Son excesos absurdos, bobalicones, cuando lo que realmente hay es carencia de un mínimo nivel en el empleo del idioma gallego, que justifica la existencia del medio. Ya puestos, si fuese norma dar los topónimos en versión original —para catalán y vasco; para la España castellana y Brasil no, por lo que se ve— aplíquenlo a Londres, Oporto, Múnich y Aquisgrán. Tienen el mismo derecho que Lérida o Pasajes. El asunto de estas arbitrariedades para el castellano —no ajenas a la afición por colorearlo todo políticamente— lo trató con acierto, humor y conciencia de batalla perdida Javier Cercas. Pero para el caso del gallego, aparece un componente que lo hace denunciable: el mismo locutor o político que dice Baraxas, puede estar destrozando cada pocos segundos el gallego, salpicándolo con palabras comunes y corrientes en castellano. Mezcolanza. O estructura gramátical castellana para hablar en gallego. Estos resbalones también se producen a la inversa. Y no por voluntad propia. No todos somos Valle Inclán. Nada hay que criticar al común de los mortales: víctimas de una mala enseñanza. Para los profesionales de la palabra en público, cuando además es su medio de vida, sería deseable un esfuerzo por la calidad lingüística. La bobería de los topónimos está perdida. Pero hay que decirlo.

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