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Elegancia y despedida

NO HABÍA duda de que José María Aznar había perdido las formas mínimas que han de regir las relaciones políticas, incluso con los propios. Ayer rubricó su descortesía absoluta con el ofrecimiento que hizo, y en los términos que empleó, para reconstruir el centroderecha español. Lo considera «desarticulado». Lo hizo justamente cuando Rajoy decía adiós. Es una total falta de elegancia que retrata la soberbia del personaje. Aquello, que se atribuye a Pío Cabanillas, de «al suelo que vienen los nuestros», en el caso de Aznar con Rajoy se hizo realidad. Bien estuvo que Rajoy no le imitase en el adiós. Como designador de su sucesor al frente del PP, como valoración en la hora de la despedida debería caber un mínimo elogio a la labor del Gobierno que presidió Rajoy. Quedaría justificada por cortesía de expresidente y disciplina de partido. Claro que tampoco el PP que preside todavía Rajoy supo o quiso pasarle al señor Aznar parte de la factura que le corresponde en la "desarticulación" del centroderecha español por la corrupción y encarcelamiento de ministros de sus gobiernos. Así le pagó en la despedida. Nada tiene que ver con el equipaje que exige el centroderecha, que debe dar respuesta a la globalización y a la afirmación de las identidades, con el rearme ideológico que pueda ofrecer Aznar. No tiene la fórmula el personaje que se creó a sí mismo en la segunda legislatura de mayoría absoluta y que, como Esperanza Aguirre, dio cobertura a círculos de intereses que medraron con los poderes populares madrileños, que alimentaron los grandes escándalos. Esos que practicaron malas artes frente al político de Pontevedra. Nunca lo aceptaron. Rajoy se va. No hay vía de continuidad posible. Pudo haber tomado esa decisión antes o durante el trámite de la moción de censura. Sería, entonces, una dimisión por sentido de Estado. Ahora es por final de trayecto. El centroderecha necesita recrearse. No con el pasado.

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