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Educar para pensar y disfrutar

LA HISTORIA de la filosofía, del pensamiento o de las ideas pasa a ser una asignatura optativa. ¿Puede haber gente formada que ignore en líneas generales qué significó Kant en la historia del pensamiento, en los cambios y transformaciones de la modernidad? Sin tener como meta idealizaciones sociales, hay que preguntarse qué tipo de sociedad se pretende cuando la historia del pensamiento, las humanidades, las lenguas clásicas o la formación musical quedan arrinconadas, cuando no se suprimen, en los planes educativos de las nuevas generaciones. No vale como respuesta que se apuesta por la formación acorde a una sociedad de la tecnología. La enseñanza general, básica y previa al acceso a los estudios superiores, universitarios o no, ha de aportar herramientas para la vida. Desde luego que el conocimiento de la historia del pensamiento, las humanidades o la música son útiles para la calidad de vida de una persona, para su capacidad de decisión y su ejercicio de la libertad y la creatividad. Si se quieren ciudadanos con capacidad para discernir, con herramientas para el ejercicio de su libertad y para el cultivo como seres inteligentes, esta necesidad de materias humanísticas en la enseñanza es una reclamación válida y justificada. Su supresión es sospechosa, bien sea esta apuesta una consecuencia de la irresponsabilidad o la ignorancia, no descartables a la vista de algunos ministros de Educación y no el actual afortunadamente, bien por planteamientos ideológicos que confunden el desarrollo y la tecnología con la deshumanización. Hay quienes en la simpleza imaginan la sociedad de la información con hombres convertidos en robots, teledirigidos y sin recursos para pensar por sí mismos o para disfrutar y cultivar la cultura y el espíritu. Hay una formación imprescindible para contribuir a hacer personas libres.

Educar para pensar y disfrutar
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