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Austeridad

EL DIAGNÓSTICO que se impuso sobre la crisis en España fue el que formularon los prestamistas, temerosos y ávidos de recuperar y recoger beneficios. Fueron ellos a través de la banca quienes más habían animado la fiesta descontrolada del ladrillo y el endeudamiento. Lo cuenta para comprensión de todos el profesor Antón Costas en El final del desconcierto. Las recetas que se aplicaron, de austeridad extrema, devaluación sobre los salarios y desregulación laboral, son las que propusieron los prestamistas desde Berlín. Fue el final impuesto y adoptado de forma unilateral del pacto social, que había dado estabilidad política y social, y prosperidad.

Cuenta Antón Costas que el populismo en vertiente izquierdista, presente únicamente en los países del sur de Europa, se explica por los excesos de las políticas de austeridad. Los avances positivos que experimenta la economía no pueden ocultar esta realidad de las políticas de choque frente a la crisis que tocaron directamente a los asalariados.

Entre los múltiples anuncios que se formularon ante la profundidad de la crisis, algunos tan oportunistas en sus intereses como sembradores de desesperanza, figuraron también llamadas a las reformas y simplificaciones en las administraciones y sector público que ni se han producido ni figuran en la agenda política. Sería conveniente que se priorizase esta vía reformista por la dimensión de la deuda pública del país, en cifras jamás registradas, y por la necesidad de enviar mensajes reales a la ciudadanía de que se emprenden caminos de racionalidad acordes a los sacrificios que se impusieron. Se haría imprescindible un acuerdo de fuerzas políticas y sociales, sin concesiones a la demagogia, para establecer líneas que garanticen la sostenibilidad  de sanidad, educación o pensiones como prestaciones fundamentales del estado de bienestar, que no debe ponerse en riesgo.

Tan amenaza es el canto al liberalismo monetarista como única salida, como las demandas que sobredimensionan más lo público.
 

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