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Aprender del pasado

ES COMPATIBLE valorar positivamente las políticas de los años de la Transición y el papel de los líderes políticos de aquel momento, así como entender como un auténtico referente histórico el tránsito del franquismo a las libertades, sin que ello se entienda como una defensa inamovible en el tiempo de aquella realidad. La Transición es, o ha de verse, como un modelo en sus valores de convivencia y de ejercicio realista de la política, con los errores que hubo, pero no como una realidad intocable e irreformable. Eso, en lo que tiene de inmovilismo o de resistencia al cambio, sería en todo caso la antítesis de lo que significó la Transición como cambio de sistema. La historia y la realidad avanzan y a ello ha de dar respuesta la política. Por tanto, ni es de recibo la descalificación que algunos hacen de esa etapa, ya que supuso el tránsito pacífico de un sistema autoritario a uno de libertades y de reconocimiento del pluralismo social y político. Es un hecho históricamente extraordinario sobre el pasado español. Ni es de recibo tampoco entender que la realidad institucional y de partidos que salió de aquel momento ha de perpetuarse ininterrumpidamente como muestra de estabilidad. La respuesta estable es aquella que se corresponde con cada momento, en la anticipación de las decisiones de quienes tienen la responsabilidad del poder. En este caso, es el bipartidismo del Partido Popular y del PSOE. A sus líderes corresponde anticiparse con soluciones a las demandas o al inconformismo y malestar que se produce en la sociedad. Su primera responsabilidad es la de detectarlo. Si falla esta sensibilidad, falla todo el andamiaje político. Los riesgos son muchos. Quienes están en la política como en el ejercicio funcionarial -el tiempo es otra realidad- o quienes están en la política con el ojo siempre atento a la complacencia de las estructuras de partido son parte del problema.

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