Opinión

¿Cómo va a saber el Rey los apoyos a Sánchez?

Se atribuye a Winston Churchill la afirmación cáustica de que, en política, las preguntas aparentemente más obvias o más tontas son las más fundamentales. Y lo cierto es que a lo largo de su carrera lo demostró sobradamente. Dentro de este género cabe preguntarse cómo va a saber el Rey los apoyos con que cuenta el aspirante a jefe de Gobierno Pedro Sánchez si sus consocios, avalistas y (a precio) respaldadores no acuden a confirmárselo. Aparte de la descortesía institucional de que los independentistas no se presenten ante el jefe del Estado en lo que es un trámite ordinario en toda democracia parlamentaria, lo que denota la clase de patanes que sientan el culo en la carrera de San Jerónimo, el asunto tiene un perfil práctico.

Uno se imagina la escena de cuando el doctor Pedro Sánchez se presente ante Felipe VI para decirle que, al contrario de su frustrado contrincante anterior, él sí que cuenta con los apoyos necesarios para volver a ser presidente del Gobierno. Será una cosa de palabra y el Rey tendrá que fiarse. De todos modos, el ambiente se ha creado de modo adecuado, dado que ya se da por hecho que el trato fundamental, o sea, la amnistía, está cerrado, por lo que el candidato puede confirmar, con su palabra, que lo tiene todo amarrado, porque en eso de los tratos él siempre ha sido muy serio, que es un hombre regido por sólidos principios y que siempre cumple lo que dice, aunque sus socios a veces desconfíen y le exijan pruebas de su seriedad mercantil, como suele hacer la derecha católica vasca, o sea, el PNV («De rodillas ante Dios») o los esenciales de Junts.

O sea, que el jefe del Estado debe de estar convencido, y en ese sentido, supongo que sus asesores le habrán aconsejado que considere que Sánchez, pese a sus ambigüedades, tiene el asunto bien agarrado, aunque bien mirado lo que está bien cogido es el propio presidente en funciones y aspirante, a quien de modo expresivo que es fácil de imaginar, tienen prendido sus consocios, como ellos mismos no ocultan, pese a los forzados disimulos. La otra pata de su mayoría de progreso, el multipartido que encabeza la embajadora de Estado Yolanda Díaz, pese a sus refriegas internas, ya reclaman su cuota del botín y exigen cuatro carteras. Me parecen pocas.

La única duda, luego de que los de Junqueras, hábiles negociantes, hayan rebajado estratégicamente el tono, pero no el objetivo final, de su precio en el trato, es si los del fugado Puigdemont no se saldrán por la tangente. Por eso es tan prudente Sánchez y dice que hablará cuando sea su tiempo, frase por cierto de origen bíblico. Con los tratos y maniobras que se deben de estar sucediendo estos días, sin duda, se podría escribir un prontuario o manual para las ocasiones. Así que el Rey tendrá que fiarse de la palabra de Sánchez, cuya trayectoria demuestra que es sólida como el bronce. O más. 

Y si el Rey tiene dudas, que mire en su entorno. Hasta Felipe González, con relación a este asunto, no tiene dudas y reconoce la derrota del Estado que, con la colaboración de Pedro Sánchez, ha logrado el independentismo. Lo ha hecho de modo irónico sobre el posible pacto entre el PSOE y las formaciones independentistas catalanas, con estas palabras: «Por supuesto, hay que aceptar el supremacismo de los que han ganado, que es indiscutible, han ganado las generales, ese supremacismo hay que respetarlo». Y en cuanto a lo que opinen los que se oponen ha añadido que «los demás no valemos nada» y se ha quejado de que pretendan taparle la boca: «Ahora cuando se tiene mi edad, no te permiten hablar», dadas las críticas que le ha dedicado el sanchismo.

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