Opinión

La campaña electoral como representación teatral

El discurso político es, según Azorín, una obra escénica completa. El actor es el político, el candidato. Así que nadie que no quiera serlo puede ser engañado. Representación, nudo y desenlace. La cosa, verán ustedes, no da más de sí. La función está en su apogeo. Durante la campaña se escuchan muchas palabras mágicas. Los políticos las enarbolan como una bandera. Cuando se dicen estas palabras es como si todos creyeran realmente que se solucionan los problemas solo con pronunciarlas. El inventor de esta técnica no fue un demócrata, fue Goebbels, un experto en el uso de las palabras adecuadas. El ministro de propaganda nazi cuidada el lenguaje; era como un artesano. Hitler, por su parte, decía que el orador político debe despertar los sentimientos primarios de la gente y utilizarlos a su favor. Lo hizo, sin duda. Fue capaz de decirle al pueblo alemán lo que este quería oír. Y ya se vio el resultado.

Hoy en día, palabras como progresista, conservador, derecha, patriota, nacional tienen, según quien las pronuncie, distinto significado. Derecha e izquierda tienen, según quien lo enuncie, significado distinto. Pero se ha generalizado la palabra facha, que es todo aquel que de pensamiento o palabra se sitúe fuera del marco de veneración de actual presidente del Gobierno y del diverso conglomerado a su izquierda, incluidos los discrepantes dentro del propio PSOE, como tantas veces se ha manifestado. Pero las más de las veces, por su abuso, ya no quieren decir nada. En esta campaña se practica el viejo esquema de la lógica electoral más desgastada. Sus elementos más comunes recuerdan la separación primaria con sentido tribal. Por un lado, ellos; por otro, nosotros. Se establece un leit motiv como punto débil del enemigo y se carga sobre él toda la artillería ridiculizando a los adversarios. Cada día, los candidatos se contestan a las cosas que sus oponentes dijeron el día anterior. De todos modos, de una manera pautada, se introducen elementos nuevos de modo dosificado a medida que avanza la campaña. Pero el discurso real no pasa más allá de la media docena de ideas. La modulación de las intervenciones depende del nivel cultural del auditorio. Pero más que hacerlo pensar, en las campañas electorales al uso, se pretende remover los elementos personales de adhesión o antipatía. Cuando el auditorio se considera más selecto, el tono del contenido sube y se rebaten los datos del adversario. Cuando se encuentra un recurso brillante se explota hasta el infinito. En 2019, Sánchez se inventó la historia de una madre y la contaba en diversos escenarios, cambiando el nombre de sus personajes como si fuera real.

Al Gore, vicepresidente con Clinton, utilizó los mismos recursos para descalificar a sus adversarios que en esta campaña se han esgrimido contra Fiejóo. Gore dijo que los demócratas y los republicanos eran, en ambos casos, un puente; pero con una diferencia. Mientras ellos lo tendían hacia el futuro, los republicanos lo orientaban hacia el pasado. Sentimientos primarios, emociones, tópicos, manejo de las masas. Siempre lo mismo. La campaña electoral es una gran representación teatral. Hoy en día, lo importante no es celebrar mítines multitudinarios, sino que aparezca la noticia más tiempo o espacio y mejor tratada en los medios de comunicación. A veces, piadosamente, los periodistas mienten. Ocurre, por ejemplo, en esos actos de partido a los que asiste media docena de despistados. Los fotógrafos se contorsionan para conseguir un plano en el que ocho personas parezcan llenar el salón. A ver si nos vamos acostumbrando a que sea simplemente un proceso normal dentro de un estado de derecho que periódicamente debe devolver el poder a los ciudadanos para que estos lo redistribuyan entre los partidos.

El país queda inundado por la más barata retórica. Habrá que hacer limpieza no solamente en las paredes, sino también en los espíritus. Unos se habrán convencido y otros no. Pero ya sabemos que las campañas electorales no sirven para convencer, sino para reforzar. De todos modos, el espectáculo sigue. Pero la campaña coloca a mucha gente. Están los rebuscadores de los errores de los otros en otro tiempo o en su mandato, y a veces se encuentran resultados chocantes y contradictorios. Pero siempre juegan con ventaja los que en sus ámbitos respectivos están en el gobierno de uno u otro rango. Y los más entusiastas con esa masa de expectantes, cuyo futuro personal y laboral, a falta de otro oficio, depende de que gane su partido. No en vano, como dijo Duverger, el triunfo en unas elecciones es un botín, «y el botín se reparte entre los amigos». Como dijo Sartori, esta es precisamente una de las amenazas para la democracia, descarnadamente escandalosa en España, donde tantos «don nadie, sin oficio o beneficio» forman las legiones de unos y otros partidos que ya ocupan o esperan ocupar un cargo o que se lo creen si no existe.

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