Opinión

La abstracción de la realidad de los sanchistas

Uno de los efectos del llamado sanchismo es la capacidad de influir en determinadas mentes, con cuya adhesión cuenta, para provocar en ellas un fenómeno de abstracción de la realidad, como si determinados hechos o riesgos no existieran. Y no me refiero solo al modo en que se ignora el aspecto moral de sus afirmaciones y la distancia entre lo que dice y lo que hace, invocando con todo cinismo «sus principios» y ahora su «conciencia», como acaba de hacer: los riesgos y efectos de sus actos sobre la propia seguridad del Estado, como marco de convivencia entre todos los españoles, como es más que evidente y han señalado miembros destacados de su propio partido. 

Esas posturas negacionistas de determinadas realidades y adhesiones inquebrantables a personajes, incluso sucesivamente pese a sus contradicciones evidentes, están extendidas entre sus parroquianos. La idealización de un personaje tuvo su expresión más notable en el apoyo de determinadas masas a dirigentes que se creía enviados por la providencia. Así es como se fragua un tipo de vínculo peligroso que hace que reduzca el impacto de las conductas dañinas o erradas y se genere lo que en psicología llaman un vínculo dependiente. Menos mal que parece que la sociedad española, o gran parte de ella, no padece este contagio que algunos tratan de extender con muy pobres argumentos. Pese a ello, con inaudita osadía, sus tamborileros llaman incluso a que quieren rechazan los actos de Sánchez también lo voten, recurriendo a viejos clichés algo demodés, al tiempo que reclaman el concurso o ayuda de sus consocios.

La negación es un mecanismo de defensa psicológica postulado por el psicoanalista Sigmund Freud, en el que una persona se enfrenta a un hecho que le resulta demasiado incómodo para aceptarlo y lo rechaza, insistiendo en que no es cierto a pesar de lo que pueda suceder ser evidencia abrumadora. Eso parece que pasa con los efectos de algunos actos de Pedro Sánchez por parte de sus incondicionales, que bien niegan los efectos negativos de sus decisiones en aspectos substanciales, o bien, como acaba de ocurrir con el desastre electoral, negándose a admitir la propia responsabilidad del citado en el resultado, ya echando la culpa a otros o a los propios españoles que no lo comprenden o se han dejado seducir por la derecha que representa el retraso, la vuelta atrás, la descomposición de la sociedad y la pérdida de todos los avances y progreso.
Ese aspecto de la negación, ese negarse a reconocer la realidad, fue estudiada por Anna Freud, entendiendo que determinadas mentes tenían dificultades de análisis, de aprender y reconocer le realidad. Es curioso que, si repasamos las afirmaciones sucesivas de que nunca haría lo que luego fue parte substantiva de los actos que lo llevaron y mantienen en la Moncloa, se cumple lo que los estudiosos de este fenómeno establecen en varias fases y que van desde la falsedad absoluta a la omisión de detalles o incluso dándole la vuelta a los argumentos y hechos que no se quieren reconocer. El no aceptar las propias culpas o responsabilidades o minimizar los efectos de los propios actos es uno de esos recursos. Y además de ello, se usa el de la justificación, a fin de que determinadas decisiones (la reforma del Código Penal, la desaparición del delito de sedición, la rebaja del de malversación) o los errores apreciables en otras leyes o decisiones, tratan de justificarse, en este caso, invocando que son necesarios «al interés general», cuando las más de las veces lo son exclusivamente del propio o impuesto por sus consocios. 

Hay que reconocer que estos hechos empañan, sin duda, otros son objetivamente positivos o aciertos. Se denomina «negación del impacto» el negar el efecto de sus actos sobre los demás (la propia seguridad del Estado) o la búsqueda de atenuantes para distraer a los afectos de las decisiones polémicas, como tan claramente dejaron en evidencia los resultados de las pasadas elecciones, donde tanto pesaron no tanto los aciertos de otros sino los propios errores de los que las perdieron y ya por culpas comunes, sino por el propio impacto de la figura de Sánchez, proyectada sobre el conjunto.

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