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Yolanda que estás en los cielos

Era la unción que le faltaba a su liderazgo al frente de la nueva izquierda española, heredera del fallido rupturismo, para auparse definitivamente a los altares de la popularidad política. Por y para eso acudió Yolanda Díaz al Vaticano. Hizo todo lo posible para ser recibida en audiencia por el Papa Francisco y obtener  simbólicamente bendición, que Urbi el Orbe la aúpa al olimpo de los grandes estadistas. Ya está en los mismos cielos que surcan la mayoría de los políticos de izquierda de Occidente e incluso de Oriente, así como reyes y jefes de estado de países religiosamente neutros, que parecen haberse rendido al irresistible atractivo del Santo Padre. Da igual de lo que hayan hablado Francisco y Yolanda. Lo importante es que la Vicepresidenta accedió a los Palacios Vaticanos y, tras estrechar sus manos, conversó durante cuarenta minutos con el más importante líder religioso del planeta. Como quien dice, de tú a tú.

Como todos los que viene haciendo últimamente, este último gesto de Díaz no es fruto de la improvisación. Está perfectamente medido. Tiene lugar en el momento y en el contexto oportunos. Igualmente calculada está la forma de contar un encuentro que, por otra parte, como subrayaba Nadia Calviño, nada tiene de extraordinario, siendo Francisco quien es, un pontífice hiperactivo y extravertido, y actuando como actúa, con una actitud muy condescendiante hacia los dirigentes y mandatarios progresistas de todo el mundo. A todos escucha y, por lo visto, a cada cual le dice lo que espera oír. En el ancho espacio que pretende abarcar la plataforma encabezada por Yolanda hay seguramente muchos sectores que simpatizan con los de algún modo continuadores del obrerismo católico o simplemente sienten una mezcla de nostalia y agradecimiento hacia los curas rojos del antifranquismo, de los que por cierto hubo unos cuantos en el Ferrol natal de la vicepresidenta.

Es obvio. Yolanda Díaz pidió audiencia al Papa Francisco para que quedase clara su afinidad con el pensamiento o el modo de ver el mundo del actual cabeza visible de la Iglesia Católica. Nunca se habría hecho una foto, incluso hubiera evitado encontrarse, con sus antecesores Wojtyla y Ratzinger, anticomunistas más o menos furibundos. No en vano se atribuye a Juan Pablo II una contribución decisiva a la caída del Muro de Berlín y la disolución de la Unión Soviética, y a Benedicto XVI un exacerbado dogmatismo antirreformador. Al lado de ambos, Bergoglio es casi un papa rojo, por sus ideas, pero también por el simple hecho de ser franciscano y por su cercanía al peronismo, ese peronismo ‘ligth’ y a la española al que se asocian algunos planteamientos de Díaz por parte de sus más desatados detractores. 

El mensaje del encuentro de Yolanda con Francisco es claro. O al menos lo pretende. Votar en las próximas elecciones a una candidata roja, de carné comunista, no es anatema, ni pecado mortal, ni condena al fuego eterno. Por eso mismo la imagen irritó tanto a la extrema derecha española, la que se cree ideológicamente depositaria de la ortodoxia —y en exclusiva— del catolicismo. A los líderes del conservadurismo confesional más rancio les sentó a cuerno quemado. En cambio, en la órbita del espacio político que Díaz se propone liderar la foto del Vaticano, a juzgar por las primeras reacciones, no irritó lo más mínimo. Tal vez en buena medida porque la ministra y vicepresidenta del gobierno más izquierdista de la Historia de España parece ahora mismo tocada por la mano de Dios, que diría un creyente. Todo le sale bien, empezando por las cosas en que sería más fácil equivocarse. Es como estuviera en una suerte de estado de gracia. Desgraciadamente para sus rivales, dentro y fuera de casa.

Yolanda que estás en los cielos
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