Opinión

Por qué funciona tan bien el pontonismo

A diferencia de lo que sucedía no hace tanto, el Benegá ya no produce rechazo, ni mete miedo. Dejó de ser, o de parecer, una gruñona fuerza antisistema, el partido del no . He ahí el gran logro del pontonismo, que explica en gran medida sus magníficas expectativas ante el 18-F. Ana Pontón ha conseguido que hasta los gallegos menos nacionalistas y no demasiado izquierdosos, pero partidarios de un cambio de gobierno en San Caetano, estén dispuestos a darle una oportunidad al grupo político al que identifican con la defensa de los intereses de Galicia y, sobre todo, a la primera mujer que tiene auténticas posibilidades de alcanzar la presidencia de la Xunta. La candidata frentista se esfuerza en enviar un mensaje ilusionante para el progresismo y que le funciona, el de que estamos ante un fin de ciclo y una oportunidad histórica. Una oferta aderezada con las justas dosis de posibilismo y empatía, especialmente dirigida hacia quienes no consideran la cuestión nacional prioritaria o no hablan gallego, pero tienen sentido de país. 

Está por ver si Rueda logra o no la mayoría absoluta. Casi todas las encuestas apuntan a que, aun siendo por la mínima, lo conseguirá. Además, cuenta con el voto de la Galicia exterior para arañar algún escaño residual, por si fuese necesario. Sin embargo, lo que ya ningún analista discute es que la gran triunfadora de estas elecciones será Ana Pontón. Ella, más que el Bloque como tal, dará un nuevo estirón. Gracias a un perfil personalista y feminista, y a un discurso menos agresivo y con acento en lo social por encima de lo identitario, presentándose más como de izquierdas que como nacionalista o soberanista, Pontón está atrayendo a una clientela electoral heterogénea. Es capaz de pescar en un amplio caladero que va desde el centro galleguista que dio las mayorías a Fraga, a un sector de la socialdemocracia que solía votar al PSdeG y que sigue apoyando al PSOE pero en elecciones generales o municipales. 

El PP lo ha visto claro. De ahí que haya cambiado de estrategia. Decide aparcar las alusiones al sanchismo, a Puigdemont, a la amnistía, a los pactos del PSOE con Bildu, etc, para centrarse en desenmascarar al Bloque, que, según los populares, en el fondo sigue siendo el partido que siempre fue, de extrema izquierda y separatista, aunque haya decidido revestirse con el traje de la moderación y las buenas maneras. Rueda y los suyos se afanan ahora en avisar a los ingenuos que detrás de la piel de cordero de Ana Pontón se esconde el lobo de siempre, la Upegá. Como si el votante mínimamente informado no supiera de sobra que hay otro Benegá más fundamentalista que en el Congreso de los Diputados habla por la boca de Néstor Rego y que es el núcleo duro del frente. Y que se hará notar a la hora de la verdad.

Da la impresión que al PP de Rueda lo ha descolocado la eficacia de la campaña de Ana Pontón a la hora de captar, por la vía del voto útil, a un electorado que simpatiza con la izquierda sin adscribirse a unas siglas o a una ideología concretas y que probablemente habría votado al PSdeG si encarnase, como encarnaba no hace tanto, una verdadera alternativa a la derecha, con perfil propio —no sucursalista— desde la socialdemocracia galleguista y federalista. El PSOE gallego se ha dejado achicar el espacio por la banda de babor. Va a remolque del tirón pontonista, que le drena apoyos y desdibuja su oferta, reducida a la marca de un apellido. A los socialistas se les ve resignados a sobrevivir gracias al oxígeno de La Moncloa y a volver a reinventarse, una vez más, para no acabar condenados a ser el contrapeso que evita que un Bloque gobernante caiga en la tentación de ser demasiado fiel a sus raíces.

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