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Por qué no abstenerse

Pensádolo bien, no es tan obvio como parece. Ni va de suyo. Benegá y Pesedegá no están obligados a votar ‘no’ a la investidura de Rueda porque lo exija el guión. Y menos a anunciar su intención antes de escuchar el discurso del candidato. Podrían esperar a pronunciarse aunque solo fuera por aquello de guardar las formas. Aún cuando no lo pretendan, anticipando el sentido de su voto están devaluando el más trascendente de cuantos debates que acoge un Parlamento. En el fondo tal vez sea ese el objetivo, convertirlo en una formalidad que hay que cubrir, un mero trámite, despojándolo conscientemente del interés que debería entrañar para la ciudadanía saber qué puede esperar de unos y otros en lo que queda de legislatura. Y de paso también se trata de hurtarle a Rueda en la medida de lo posible sus primeras horas de gloria presidencial, las que anteceden a su proclamación como nuevo presidente .

No estaría mal que BNG y PSOE aguardasen a oír el discurso íntegro de Don Alfonso y las réplicas a los suyos para sacar conclusiones. No sólo no es decartable, sino por el contrario muy probable que Rueda haga algún gesto que permita a la oposición albergar la esperanza de que se abre un tiempo nuevo en la política gallega, una etapa en la que, aunque siga gobernando el PP, sea posible la interlocución y el acuerdo entre Gobierno y oposición en eso que llamamos temas de país. En Galicia, si concurre la voluntad de las partes, ese escenario es, además de deseable, perfectamente factible, dada la singularidad del ecosistema político gallego, donde la confrontación ideológica y partidista nunca excede los límites de lo razonable y el ‘sentidiño’ atempera la crispación incluso en los trances de mayor tensión dialéctica. 

El debate de investidura debe servir además para que nacionalistas y socialistas marquen distancias, no ya con el PP, sino entre ellos,  Por su trayectoria y por ser quienes son, nadie puede esperar del Bloque otra cosa que un no rotundo a Rueda, se presente como se presente y proponga lo que proponga. Las bases frentistas, incluidas las menos radicales, no lo entenderían y aún así no habría que descartarlo. Sin embargo, en el caso de los socialistas no opera la misma lógica. Recién renovado su liderazgo y con el propósito de ofrecer una imagen más moderada, a muchos de sus potenciales votantes no le chirriaría que le dieran al nuevo presidente un mínimo ‘margen de cortesía’ para, en su caso, mostrar un talante y un perfil propios, más aún si media un compromiso expreso de no utilizar la mayoría parlamentaria como rodillo aplastante y dejar más espacio a la oposición en determinados ámbitos.  

A efectos prácticos, da igual lo que voten. Gracias a la más que holgada mayoría absoluta del PP, Rueda no necesita la abstención de Bloque y PSOE para ser investido con todas las de la ley. Le basta con el respaldo de los suyos. Pero es obvio que un  guiño de ese tipo por parte de quienes deben fiscalizar su gestión y configurar una alternativa obligaría al nuevo presidente a corresponder con una actitud más proclive al entendimiento de la que tuvo Feijóo en sus 13 largos años de mandato. Gobierno y oposición — y no digamos el país— saldrían beneficiados de un clima político constructivo, que de consolidarse con toda probabilidad también contribuiría a cerrar el paso a nuevos actores, fundamentalmente a los situados en los ambos extremos del espectro, léase Vox y el rupturismo. Algo que, por no tan distintas razones, les conviene a todos.

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