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Ni pirómanos ni incendiarios se confinan

Poca gente recordará aquella controvertida propuesta del entonces fiscal superior de Galicia, Carlos Varela, partidario de limitar la libertad de movimientos de los pirómanos reincidentes durante las temporadas de alto riesgo de incendios forestales. La medida, que nunca llegó a concretarse, vendría a suponer para los afectados una suerte de confinamiento o reclusión domiciliaria forzosa, similar a la que ahora padece el común de la ciudadanía por culpa del coronavirus. Una idea de bombero, dijo alguien recurriendo a un jocoso juego de palabras. Otros, sin embargo, entendieron que la sugerencia nada tenía de disparatada ante la constatación de que cada verano Policía Autonómica y Guardia Civil detienen y ponen a disposición judicial a unos cuantos individuos con tendencia patológica a prender fuego al monte. Un esfuerzo inútil. Entran por una puerta del juzgado y salen por la otra. O por la misma. Al fin, son enfermos y por tanto penalmente inimputables.

 Más allá de que las condiciones climáticas sean propicias para la expansión del fuego, que en pleno confinamiento general se desaten estos días unos cuantos incendios forestales es algo que sólo puede sorprender a quien no se esfuerce en comprender las auténticas raíces del problema. La actividad incendiaria no se detiene. No sabe de alarmas, ni de estados de excepción. Por el contrario, que sus vecinos de aldea se recluyan en casa o en la finca anexa, por temor a contagiarse o a que los multen, aumenta la sensación de impunidad con que suelen actuar los incendiarios en la Galicia vaciada. Se ponen manos a la obra porque saben además que los agentes de la autoridad están a otra cosa. Ellos, delincuentes o enfermos mentales, son los agentes patógenos responsables de una recurrente epidemia, ambientalmente devastadora, para la que aún estamos muy lejos de encontrar ni la medicina que la pare ni la vacuna que la prevenga.

Todo apunta a que, a pesar de los pesares, tampoco este año nos libraremos de la plaga incendiaria

‘O que arde’, la película más premiada de nuestro cine, no deja de ser un retrato compasivo de un pirómano/incendiario gallego. Oliver Laxe trata de que el espectador entienda la complejidad de las razones (o simples impulsos) que llevan a un habitante del rural a incendiar un paisaje del que se considera parte. Se trata de un aproximación poética a la dimensión antropológica del problema. Conmueve al tiempo que ilustra. Pero tampoco hay que olvidar que en el origen de gran parte de los más graves incendios que padecemos está la concepción del fuego como herramienta de trabajo que se usa tanto para deshacerse de los residuos agrícolas como para cambiar por las bravas el uso de terrenos forestales. Muchos de quienes recurren a esas técnicas nos la juegan y se la juegan, porque no pocas veces son las primeras víctimas de una llamas descontroladas.

Todo apunta a que, a pesar de los pesares, tampoco este año nos libraremos de la plaga incendiaria. Es inevitable por más que, una vez que se levante el estado de alarma, se retomen los trabajos de limpieza de los montes y sobre todo de las franjas de protección cerca de las áreas habitadas. Aunque se aceleren esas tareas, vamos a llegar con retraso. De modo que, si los incendiarios y los pirómanos no se confinan y los demás podemos confinarlos, no nos confiemos. Sería suicida bajar la guardia. Está visto que ni la resaca de la más atroz de las pandemias recientes puede evitar que, salvo que lo remedie el dios de la lluvia, Galicia vuelva a arder por los cuatro costados. Es, será, otra vez la constatación de un fracaso colectivo, el de un país empeñado en autodestruirse.

Ni pirómanos ni incendiarios se confinan
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