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Habemus Ave, otros no

Casi treinta años después de conectar Madrid con la Sevilla de la Expo-92, el Ave llega por fin a Galicia. Más bien a Ourense, porque el resto de la comunidad no gozará, por ahora, de lo que entiende convencionalmente por alta velocidad ferroviaria, la que permite desplazarse en tren de un lugar a otro a más de 300 kilómetros por hora. Pero algo es algo. Desde ya, la capital de la España central queda mucho más cerca del Finisterre galaico, a un tiro de piedra. Y viceversa, claro. Es un salto cuántico en materia de transporte que, a decir los expertos, tendrá repercusiones no solo económicas, sino sociales y hasta culturales, porque cambia la noción de distancia, también para quienes no lo usen. A partir de aquí somos algo menos periféricos al tiempo que nos incorporamos un poco más a la modernidad, ese estadio del ánimo colectivo que no resuelve los auténticos problemas y sin embargo eleva ostensiblemente la autoestima de una sociedad.

Hay que verlo para creerlo. Entra en servicio una infraestructura cuya complejidad constituyó un auténtico desafío para la ingeniería civil y para tecnología de la construcción. Un logro que asombraría a aquellos ‘homes da vía’, los ‘carrilanos’, que con poco más que picos y palas construyeron el tramo ferroviario Puebla de Sanabria-Ourense, inaugurado en 1958. Se precisaron casi treinta años para ejecutar un proyecto de un siglo de antigüedad, sometido a vaivenes políticos e incluso cuestionado de raíz en determinados círculos del poder político y económico. Está visto que el incumplimiento sistemático de los plazos, junto a los inevitables sobrecostes, es algo inherente a las grandes obras públicas desde que el mundo es mundo. Y es igualmente habitual que algunos sectores pongan en tela de juicio la verdadera utilidad de iniciativas calificadas de faraónicas.

Aunque algunos se afanen en hacernos creer lo contrario, en conectividad ferroviaria Galicia pasa a ser una comunidad privilegiada. Lo es al menos en relación al resto de las comunidades del Norte, incluyendo la influyente Euskadi, que seguirá esperando por su Ave hasta 2026 o incluso principios de 2027. Un agravio que el nacionalismo vasco, como en su día el catalán, llevó mal y no supo o no pudo disimular. No les entraba en la cabeza dotar de Ave a una región pobre, lejana, escasamente poblada y envejecida antes que a territorios prósperos habitados por gente rica que quiere y puede desplazarse mucho y rápido. Esgrimían la ley de la oferta y la demanda, y el sentido común. No se salieron con la suya. De algo habrá servido tener un presidente del Gobierno y dos ministros de Fomento gallegos, aunque les tocasen tiempos de vacas muy flacas. Seguramente hicieron lo que estaba en su mano por acelerar las obras, a sabiendas de que ni ellos ni nadie de los suyos llegaría a inaugurarlas.

Optimizada la salida la Meseta, la asignatura pendiente seguirá siendo la vertebración ferroviaria interior. En cuanto a conexiones por tren, como en otros órdenes, Galicia, viaja a dos velocidades. El corredor atlántico entre A Coruña y Vigo, pasando por Pontevedra y Santiago —con enlace a Ourense ciudad— goza una comunicación por vía férrea de primera, tanto en tiempos de viaje como en frecuencias. Sin embargo, las provincias interiores, las segundonas de todo y de siempre, apenas pueden recurrir al tren para comunicarse entre ellas y con el resto de la comunidad. El ferrocarril convencional del que se sirven, a pesar de las mejoras en marcha, deja aún mucho que desear como para considerar ‘su’ Ave una necesidad apremiante. Y lo de Ferrol es aún más sangrante si cabe, porque en este caso la discriminación es histórica, casi estructural, como el endémico abandono que padece aquella un día pujante comarca, hoy dejada a su suerte. O más bien a su desgracia.


 

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