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De «compañeiro Paco» a Sir Vázquez

Paco Vázquez quería ser Defensor del Pueblo, para seguir sirviendo a España, decía. Ahora ven la luz documentos que acreditan lo que era un secreto a voces. Cuando fue relevado como embajador ante la Santa Sede, maniobró para que su partido le propusiese. El exalcalde de A Coruña contaba con el beneplácito del PP. Rajoy veía su candidatura con buenos ojos, pero tendría que ser el PSOE el que moviera ficha y Vázquez se encontró con más reticencias, y más serias, de lo que esperaba.

Su posición contraria al matrimonio homosexual, que no apoyase la ampliación del derecho al aborto, ni simpatizase demasiado con el feminismo le pasaron factura entre sus compañeros de militancia. Pero el factor decisivo, según algunos de los que estuvieron en el ajo, fue su españolismo y una actitud furibundamente antinacionalista que, antes y después de Zapatero, en la cúpula del partido creaba incomodidad.

Vázquez jugó durante demasiado tiempo a ser un verso libre en el PSOE. Llevó su «independencia de criterio» al límite de lo tolerable, para acabar convirtiéndose en un auténtico incordio. Fue en demasiadas ocasiones una piedra en el zapato, que no sólo resulta molesta, sino que puede causar una herida.

Y se lo fueron apuntando en el debe. Más guerrista que felipista, hoy sabe que el Partido Socialista de ZP y Blanco solo tenía en común las siglas con el que ganó las elecciones generales de 1982 y se propuso que a este país no lo conociera ni la madre que lo parió. Don Paco debió abandonar la militancia mucho antes. Aquel ya no era su sitio. Sin embargo, aguantó tal vez confiando en que le permitirían poner el punto y final a su vida pública como Defensor del Pueblo, asumiendo por consenso una institución de relevancia constitucional, neutral, apartidista, pero muy política. Un traje a su medida, creía él.  

Tendría cierto morbo conocer de su puño y letra los detalles aún inéditos de su larguísima trayectoria política

Pero hacía tiempo que tenía puesta una cruz. Cuesta entender que Vázquez no asumiera en su día que el nombramiento como embajador ante el Vaticano no fue un premio a su trayectoria como alcalde de A Coruña, diputado, senador..., sino la mejor la forma (o la menos dolorosa) que Ferraz y Moncloa encontraron de sacárselo de encima sobre todo una vez que se conocieron los negocios de su familia, la cara oscura del gran gestor.

Qué mejor para un católico militante -y al que, dicen, le gustaría haber sido cardenal- que ostentar la representación diplomática de España ante la Santa Sede. Esperaban que una vez allí incordiase menos, o dejase de incordiar. Se equivocaron. Su labor al frente de la embajada, de aprobado alto para la derecha, disgustó a los sectores laicistas del PSOE, mientras la dirección del partido encajaba como podía sus constantes disonancias con la línea oficial.

Dice Vázquez que todavía tiene una asignatura pendiente: escribir sus memorias. Probablemente se limitará a rememorar los hitos más destacados de sus veintitrés años como alcalde, el mejor de España a decir de su émulo Abel Caballero, el Paco del sur. Aunque tendría mucho que decir, no cabe esperar que revele aspectos inéditos de los episodios clave de la vida política española en los que tuvo arte y parte.

Tampoco hará autocrítica, porque sería mucho pedir. Ni aprovechará para ajustar cuentas, que tampoco es su estilo. Sin embargo, tendría cierto morbo conocer de su puño y letra los detalles aún inéditos de una larguísima trayectoria política que le llevó de ser, cuando se afilió al PSOE, el «compañeiro Paco» a Sir Vázquez, caballero del Imperio Británico.

De «compañeiro Paco» a Sir Vázquez
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