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En la buena dirección

Se equivocan los que afirman que Juan Manuel Vieites está devolviendo a la Confederación de Empresarios de Galicia (CEG) la unidad y el prestigio perdidos por la prolongada crisis en la que se vio sumida en los últimos años. No es exactamente así. Porque en realidad la patronal gallega nunca llegó a ser la casa común del empresariado ni gozó de la reputación institucional a la que ahora se encamina. Y eso que en sus inicios, muchos años atrás, tuvo momentos en los que gozó de una mínima respetabilidad y un cierto nivel de representación que al menos la acreditaban como una interlocutora válida ante el resto de los agentes sociales y los poderes públicos. De entrada, todo apunta a que Vieites va por el buen camino si su propósito es hacer borrón y cuenta nueva, abriendo una nueva etapa que deje atrás el cúmulo de sucesivos despropósitos que hizo inevitable el reseteo integral de la organización que encabeza.

Dentro de su aún escaso margen de maniobra, el flamante presidente está dando pasos en la dirección deseada, la de dotar a la CEG de músculo interno —con una estructura funcional renovada, más ágil y fiable— y de convertirla en un espacio de encuentro donde se sientan cómodos los dueños y gestores de pequeñas, medianas y grandes empresas y puedan ponerse de acuerdo en la defensa de intereses comunes. Que el planteamiento parece creíble lo acredita la incorporación de Ignacio Rivera y Carmen Lence, consejeros delegados de los grupos Estrella Galicia y Leche Río, respectivamente. Ambas encarnan una nueva generación de dirigentes de entramados empresariales de éxito y con gran proyección de futuro. Eso que se dice auténticos referentes.

Ahora bien, tan o más trascendental que el fichaje de Rivera y Lence es la reordenación y reactivación —si realmente se produce— de las comisiones de trabajo, al frente de las cuales Vieites sitúa a personas de peso y con experiencia a la hora de liderar proyectos y equipos. Con ello, además, aprovecha para integrar plenamente a las principales organizaciones territoriales y sectoriales que se manifestaron dispuestas a involucrarse de lleno en esta nueva etapa de CEG. Porque a fin de cuentas la CEG es o pretende ser una patronal de patronales, una confederación de entidades empresariales mayores y menores que, eso sí, durante demasiado han ido por libre y por ello han encarnado un pernicioso espíritu tribal que ahora se trata de reconducir.

Es de justicia dar al nuevo presidente sus cien días de gracia, y el correspondiente margen de confianza, antes de empezar a enjuiciar su mandato. La hoja de ruta parece acertada y por ello no debería tardar demasiado en dar sus primeros frutos, más allá de la pacificación interna, que esa parece ya lograda. Tranquiliza pensar que si, recuperados su reputación y su utilidad, el funcionamiento de la CEG se normaliza, cuando a Vieites le toque (o quiera) irse no debería haber problemas para encontrarle un relevo, si no de relumbrón, que no hace falta, al menos de garantía. Porque aparecerán candidatos, no habrá que ir a buscarlos. Y quedará definitivamente atrás el infausto carrusel de presidentes interruptos o fallidos que, visto lo visto, causó más vergüenza ajena que propia.

En la buena dirección
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