Opinión

El anunciado ocaso del Springfield gallego

La que hoy muchos califican de zona cero del declive industrial de Galicia fue durante más de cuatro décadas una villa próspera, cabecera de una comarca privilegiada en la provincia de A Coruña. Hasta hace bien poco en As Pontes de García Rodríguez apenas había parados forzosos y el nivel de vida era muy alto, envidiable incluso para otras zonas de la comunidad económicamente dinámicas. Mucho empleo de calidad y un pujante sector servicios. Todo gracias a la central térmica de Endesa, la mayor de España, y a las actividades productivas que generó en su entorno y que ahora se apagan con ella. El apagón funde a negro el futuro de la zona a la espera de que vean la luz varios ambiciosos proyectos industriales que permitirán que As Pontes pase de ser la mayor fábrica de cambio climático del Noroeste, como denunciaba el ecologismo, a un auténtico emblema de la reconversión a la economía verde.

En sus buenos tiempos, As Pontes fue el paradigma casi perfecto del monocultivo industrial. Se pusieron todos los huevos en la misma cesta: una mina de lignito —que hoy es un gran lago artificial— y una megacentral térmica con cinco chimeneas de las que ya nunca volverán a salir unos humos que no sufría el vecindario, pero sí los habitantes de lugares situados a muchos kilómetros de distancia. Desde que se puso en funcionamiento y sobre todo en el momento en que los países desarrollados empezaron a plantearse el reto de la descarbonización, la térmica tenía fecha de caducidad. Y a nadie se le ocultaba lo que iba a pasar. Hace un par de años un informe de la Universidade de A Coruña elevaba a más de mil quinientos los empleos que se perderían con el cierre definitivo de la central, lo que comportaría un incremento de casi el trescientos por ciento del escaso, casi nulo, desempleo que históricamente registró la comarca pontesa.

Entre los ponteses de a pie cunde el pesimismo mientras se constata que en el caso de As Pontes esta transición energética es además de abrupta, injusta

El caso es que As Pontes seguirá produciendo energía eléctrica: 800 megavatios de gas natural al día o cerca de 500 megavatios con viento, además de las dos centrales hidráulicas. Por ahora también se salvarán de la quema unos cuantos empleados de empresas auxiliares de Endesa, encargados de desmantelar las instalaciones de la térmica. Esos trabajos ocuparán a unos doscientos operarios durante tres años más. Algo es algo. Se trata de acondicionar el suelo que ocupa la central para la llegada de las nuevas industrias. Hay quien cree que se ha de preservar la gran chimenea como símbolo de una etapa histórica, mientras otros, empezando por el alcalde, con sentido práctico, son partidarios de demolerla para ganar espacio y ahorrarse el mantenimiento.

Lo indiscutible es que el Springfield gallego —algunos le llaman así por su paralelismo con el pueblo de los Simpson— está sumido en una crisis que le viene haciendo perder población y recursos a chorros, al tiempo que hace mella en el ánimo colectivo. Es algo que se percibe en las calles, en la vida cotidiana. Muchos de quienes ahora se quedan sin trabajo no lo recuperarán nunca, aunque lleguen a materializarse la fábrica de neumáticos, la bioplanta de Ence o la planta de hidrógeno verde. Proyectos ambiciosos que suponen una revolución industrial en toda regla, pero que se harán esperar, porque aún no han pasado del papel. Entre tanto, entre los ponteses de a pie cunde el pesimismo mientras se constata que en el caso de As Pontes esta dichosa transición energética es además de abrupta, injusta. Y traumática.

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