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Sin sorpresas ni sobresaltos

Galicia ha demostrado, una vez más, su excesiva madurez de casta, como le reconocía Castelar y también podría aplicársele la idea de que en Galicia se dan los mejores yacimientos del sentido común pues el gallego huye, por naturaleza, de todo riesgo e improvisación y, por eso, huye de toda solución imprevista. Es excesivamente pragmático pues, como se suele decir, el gallego solo oye lo que ve y son los hechos y las realidades los que fijan su criterio y determinan su voluntad. El gallego no improvisa ni inventa, el gallego se atiene firmemente a lo que ve, siente, palpa y observa. No es especulativo, es pragmático por naturaleza y, por eso, en política no quiere sorpresas ni experiencias piloto. Sus decisiones no son espontáneas, son medidas y meditadas. Nada en Galicia es novedoso ni sorprendente, todo es previsible, pues el conocimiento y la experiencia son los dos grandes pilares sobre los que se asienta su población, sus costumbres y su manera de pensar y de actuar. No pilota una nave sin rumbo ni se aventura a sorpresas o metas desconocidas. Suele jugar a lo fijo y seguro y, de ahí, su apego a la realidad y al terreno. No admite teorías ni hipótesis posibles, solo se atiene a la realidad sensible que se puede ver y tocar, por eso en Galicia la política no es ideológica sino que es el ejemplo de lo que se puede hacer y de los resultados que se pueden conseguir, sin perjuicio de lo que se programe, proyecte o proponga. El gallego rechaza los propósitos y los proyectos. Solo se atiene a los hechos probados y a las experiencias vividas para rechazarlas si fueran desfavorables y seguirlas si le son útiles. Eso nos confirma el espíritu práctico del gallego. Al gallego no le mueven las ideas, sino los hechos, las realizaciones y no los proyectos, por eso en política el gallego huye de lo ideológico para refugiarse en lo empírico, pragmático y probado. Si la virtud está en el justo medio, como pensaba Aristóteles, el gallego huye de los extremismos y se inclina por la moderación y la prudencia, como los únicos pilares principales del buen gobierno. Esto nos demuestra la sensatez y el acierto con el que el gallego decide su opción de voto y sus preferencias.
 

Sin sorpresas ni sobresaltos
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