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‘La exaltación del libertarismo’

Desde hace décadas se discute acerca de las diferencias entre el liberalismo clásico, el libertarismo (o libertarialismo —‘libertarialism’—) y las posibles conexiones entre este último con el anarquismo libertario. Tengo la impresión de que no procede insistir en las posibles diferencias o semejanzas entre tales ideologías (o movimientos) ni en la cuestión nominalista que subyace a cualquier análisis sobre ellas. No obstante suele tenerse en consideración el hecho de que el libertarismo actual, en tanto que movimiento, actitud o ideología es consecuencia necesaria del liberalismo clásico de Locke, Adam Smith, J.Stuart Mill y Benthan, sobre todo y que sus máximos exponentes ideológicos serían Robert Nozick y Friedrich von Hayek. Aceptando que tanto las teorías ultraliberales de Nozick o Hayek desembocan necesariamente en el libertarismo actual, el hecho de que sus raíces se remonten al liberalismo clásico es ya mucho más discutible. 

Me parece excesivo concederle al libertarismo un ‘corpus’ teórico, un mapa conceptual sólido, fecundo en términos epistemológicos, y que ofrezca una concepción del mundo y de la vida social consistente con (ni tan siquiera) una leve concepción de la ética que pueda homologarlo ni por aproximación al liberalismo clásico en el que sí subyacía una teoría de la vida buena. Es más, parece más bien una alternativa empobrecida ultraindividualista bastante cercana a la antipolítica que, en vez de actualizar (por así decirlo) el ideal liberal clásico, más bien lo traiciona en toda su radicalidad.  No obstante sí se puede decir que el libertarismo puede ser considerado como una actitud (yo le niego, todavía cualquier otro status superior) antisocial, individualista en extremo, que reniega de un Estado protector y bienestarista, que minimiza el bien común (el ‘vivir bien’ o la ‘buena vida’) y exalta un ideal egoísta que engañosamente invierte las palabras proponiendo una versión individualizada de la ‘buena vida’ muchas veces de carácter extraordinariamente conservadora. El libertarismo individualista niega, pues, la validez del bien común al presuponer que la idea misma de ‘lo común’ implica constricciones por parte de otros individuos o el propio Estado que privan o impiden a la libertad de su esencia. Con otras palabras, el libertarismo, como radicalización del individualismo egoísta, aleja el holismo en beneficio del monismo convirtiéndose en antisocial asumiendo que es el individuo quien tiene el derecho de expandirse hasta donde su potencialidad lo permita, incluso al precio de la exclusión, marginación y desprecio del otro y de la mayoría vulnerable. Antepone, pues, la percepción, los deseos (casi siempre al margen de la razón) del individuo sobre el colectivo incluso cuando la realización de tales deseos pueda poner en peligro la vida social, la convivencia o la salud pública. 

Dejando de lado esta vez la oportunidad de tratar el libertarismo como una posible tendencia política y social en auge conviene, no obstante, destacar cómo ciertas actitudes libertaristas o libertarias están vigentes en la actualidad en un contexto pandémico que exige de los Estados la restricción de libertades y la necesidad de la vacunación con el fin de mitigar los efectos de los contagios por la covid-19. Los ejemplos de determinados deportistas de élite y fama internacional, de políticos o miembros de la comunidad cultural que públicamente eluden insensata e insolidariamente las leyes y consejos de científicos y gobiernos, además de resultar escasamente ejemplares demuestran que no están solos. Tienen, realmente, un número importante de seguidores. Y esto es preocupante en tanto que puede ser considerado como tendencia de futuro. Pero seamos optimistas: la pandemia tal vez no nos hará mejores, pero cada día que pasa hay más gente positiva. O más positivos, como queramos.

‘La exaltación del libertarismo’
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