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Auschwitz, nunca más

Durante esta semana el mundo ha conmemorado el 75 aniversario de la liberación de los prisioneros del campo de concentración de Auschwitz (‘la fábrica de la muerte’) en el que fueron eliminadas más de un millón de personas. Auschwitz es un ejemplo paradigmático (uno más, por supuesto) del genocidio nazi y del grado de inhumanidad que se alcanzó durante el siglo XX.

En un contexto internacional de crisis económica, de gobiernos europeos autoritarios y, finalizada ya la I Guerra Mundial, en una Alemania lúgubre, desesperada, deprimida, humillada por los efectos de la Gran Guerra emergió un discurso político claramente destinado a los sectores sociales económicamente más deprimidos. Mediante ‘cauces democráticos’ y aprovechando la crisis e inestabilidad política de la República de Weimar, Hitler y su Partido Nacional Socialista Obrero Alemán alcanzaron el poder apelando a la grandeza y a las esencias históricas del pueblo alemán y de la ‘Gran Alemania’. Se autodefinían como el ‘partido del pueblo’ a los que les movía el sentimiento de que sus vidas adquirían sentido a través de la participación de un proyecto en común justificado a base de creencias con profundas raíces emocionales: no servía (por supuesto) el universalismo ilustrado, ni se defendían los derechos humanos; al contrario, se apelaba al Lebensraum (un nuevo espacio vital) para el pueblo alemán y a nuevos derechos de carácter tribal, exclusivamente para los pertenecientes a la raza aria. La historia ha puesto de manifiesto las consecuencias del nazismo en Alemania y su repercusión en Europa.

No obstante, se puede decir que el genocidio nazi no ha sido un episodio único durante el siglo XX.

No obstante, se puede decir que el genocidio nazi no ha sido un episodio único durante el siglo XX. Ni tan siquiera se podrá decir que su magnitud inmoral ha sido única. En un excelente libro (Humanidad e Inhumanidad: Una historia moral del siglo XX) el filósofo británico Jonathan Glover analizó, desde el punto de vista histórico y ético, las atrocidades cometidas durante el siglo XX, un siglo de barbarie y masacres. En el libro defendía la idea de que el genocidio nazi no podía considerarse un episodio único ya que Hitler fue superado, entre otros, por Stalin, Mao y Pol Pot en la cantidad de muertos que provocó, por lo que tal vez fuera único exclusivamente en cuanto a la tecnología utilizada en la matanza. Pero decir eso no equivalía a negar —decía Glover— que el genocidio nazi gozaba de una oscuridad propia, oscuridad procedente del darwinismo social y de la versión nietzscheana del amoralismo. La creencia de Nietzsche en la lucha entre la voluntad de poder de diferentes individuos y grupos pudo ser una variante psicológica del darwinismo social (teoría social​ que defiende que la teoría de la selección natural de Darwin tiene aplicaciones sociales en las comunidades humanas) que estimulaba una interpretación de la moral que desacreditaba la compasión. Los nazis, decía Glover, habían elegido de modo selectivo esa parte de la teoría con el fin de justificar sus oscuros puntos de vista acerca de la crueldad y de la escalofriante nueva identidad moral tribal que llegaron a los extremos de inhumanidad ya conocidos.

Algunas lecciones son evidentes: Auschwitz es un símbolo de la crueldad, del poder del tribalismo y de las consecuencias que se derivan de la obediencia incondicional. El genocidio nazi y el totalitarismo no pueden ser meramente una nota a pie de página en las lecciones de historia de los futuros ciudadanos. Conviene observar que el pensamiento que se resume en la expresión ‘Auschwitz, nunca más’ es, sin duda, más apremiante que cualquier principio ético abstracto alternativo. ‘Auschwitz, nunca más’ implica repugnancia, conciencia, humanidad, inconformismo, tolerancia y, tal vez, una versión más humanizada de la ética. Pero también exige no olvidar que la historia también se puede repetir. No como farsa (como dijo Marx) sino como distopía.

Auschwitz, nunca más
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