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Ser puta

HACE CUATRO días, cuando volvía a mi casa después de cenar con un amigo, un hombre maduro, de unos 50 ó 55 años, me increpó en la calle con comentarios machistas (‘piropos’ dirán algunos) sobre mi físico y sus deseos sexuales hacia mí. Me di la vuelta y mantuve una discusión con él en pleno centro de Santiago, que fue recibida por su parte con insultos, mientras yo lo amenazaba con llamar a la policía. Eran las 12 de la noche, la calle estaba llena de chicos jóvenes, y nadie intervino para parar a mi agresor.

Al día siguiente, escribí mi experiencia en Facebook y recibí una oleada de solidaridad manifestada en forma de más de 560 ‘likes’, 47 comentarios y 224 compartidos. El post se llamaba ‘Ser mujer’ y, sin saberlo, acababa de hacer un experimento sociológico de lo más interesante. Justo debajo de esta entrada había colgado, tres horas antes, la noticia de la chica muerta en la inundación del prostíbulo malagueño en donde trabajaba. Este post tuvo tres ‘me gusta’, un comentario y nadie lo compartió.

De pronto, entendí el valor social que tienen las putas. Porque a las putas nadie las maltrata, son putas. A las putas tampoco se las acosa, son putas. A las putas jamás se las viola, para algo son putas. Y las putas nunca, nunca, son asesinadas. Mueren, obviamente, porque son putas.

La chica muerta en esa ratonera disfrazada de showgirl se llamaba Ali, tenía 28 años y era de Rumanía, y fue, más que probablemente, asesinada por el hombre que la mantenía encerrada en los bajos del club cuando no la prostituía. Su cuerpo sin vida fue encontrado flotando en el agua y sin ningún documento que la identificara. Porque la chica, puta vocacional, como todas, no tenía papeles ni posibilidad de alquilar un piso. Durante su detención, el dueño del club California negó que la chica estuviera trabajando ilegalmente y señaló que estaba de paso por el local porque era amiga de alguna de las chicas que trabajaba allí. Vamos, el típico Erasmus por los puticlubs sureños.

A pesar de morir víctima de la más ruin violencia machista, Ali no va a pasar a engrosar la lista de asesinadas por violencia de género. Tampoco va a llenar páginas en los periódicos, y dudo mucho que el Gobierno se encargue de devolver su cuerpo a sus familiares. Ali es invisible, como la mayoría de las putas que son vejadas, violadas, maltratadas y asesinadas cada vez que un putero o un proxeneta cierran la puerta y su relación laboral se establece en la escalofriante intimidad de una habitación. Oficialmente, treinta y una mujeres que ejercían la prostitución fueron asesinadas en España entre 2010 y 2015.

En nuestro país la prostitución es alegal, lo que quiere decir que ni está prohibida, ni todo lo contrario; no existe legislación vigente que regule de ninguna manera el ejercicio ‘puertas adentro’, ni tampoco unas mínimas garantías de protección para las trabajadoras. España es el país de Europa en el que más hombres demandan prostitución, y donde una sola ardilla podría recorrer la península entera saltando de puticlub en puticlub sin tocar el suelo.

El negocio del cuerpo ajeno mueve 5 millones de euros al día, según los datos de la Policía en lo que a explotación ilegal se refiere. España se ha convertido en uno de los diez principales destinos sexuales del mundo. Según el Ine, la prostitución representa un 0,37% del PIB en España, unos 3.700 millones de euros. Pero las putas no se hacen ricas, todo lo contrario: la espiral de la pobreza es inquebrantable.

Porque los que defienden la prostitución se olvidan casi siempre de las putas, o lo comparan alegremente con el trabajo de oficina, o el de fregar suelos. Como si una pudiese llegar a su casa y comentar con la misma facilidad que estás hasta las narices de pasar el mocho, que de chupar pollas, contraer la sífilis o tener un desgarro anal. Si eres puta estás socialmente muerta. No existes. Y esa es la realidad de la mayor parte de estas mujeres. A pesar del moderno discurso de que aquí es puta la que quiere, el 90% de las prostitutas lo hacen en contra de su voluntad, porque no les queda más remedio, porque son pobres o están en situación de exclusión social. Y eso es algo que no dicen los que defienden la prostitución, en su mayoría proxenetas y propietarios de clubs de alterne que ahora forman incluso sindicatos para que dejemos a las putas ser putas libremente.

La prostitución es un negocio que surte de carne fresca a quién puede pagarla. Es la esclavitud más antigua del mundo, convertida mágicamente en el trabajo más moderno del mundo. Es la manera que tienen algunos hombres, incapaces de conquistar o seducir, de reafirmar su poder sobre las mujeres. Es el mejor método del patriarcado para seguir gritándonos a todas, que tenemos un precio.

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