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¿Dónde están los niños (y las niñas)?

CAPITANA DE todas las nostalgias, la infancia es una etapa fundamental en la conformación de la personalidad y el carácter de los adultos. Unos pocos años de vida, de los que recordamos aún menos, y cuyo paso a la madurez, conocido como adolescencia, supone uno de los puentes más altos que las personas cruzamos en nuestras vidas. A la infancia y a la adolescencia, se les da muchas veces importancia cuando somos mayores y, tirados en el diván de un psicoterapeuta, lanzamos al aire todas aquellas inquietudes que muchos adultos no nos quisieron responder.

La semana pasada una niña de 12 años moría víctima de un coma etílico en el municipio madrileño de San Martín de la Vega. Unos días después, sabíamos de una niña de 13 años trasladada al Álvaro Cunqueiro por intoxicación etílica. Otra de 12, en Pontevedra. Serán decenas cada fin de semana en toda España. Mientras, llegaba la noticia de un niño británico de 12 años, enganchado al porno, que confesaba haber violado varias veces a su hermana cuando ésta tenía 9. La pregunta obvia de por qué los niños beben, es la misma absurda cuestión de por qué los niños follan, o por qué los niños quedan por internet para pegarse hasta romperse varios dientes. La explicación es más que evidente: la adolescencia se ha adelantado y los niños juegan a ser mayores cada vez más pronto. Cada vez, más niños. Las estadísticas avalan que la visita a los botellones se produce a edades dolorosamente tempranas (alrededor de los 12) y que el comienzo de las relaciones sexuales con penetración también se ha adelantado, entorno a los 16 años.

Pero, ¿de verdad quieren los niños ser mayores?

Muchos de los que estos días leíamos incómodos estas noticias, hicimos el ejercicio mental de recordar cómo era nuestra vida y nuestras aficiones cuando teníamos 12 años. Era la edad en la que, inseparable de mi amiga Silvia, alborotaba las clases con risas inoportunas hasta que la profesora nos echaba con mesa y silla incluidas, al pasillo. La edad de las excursiones con cánticos en el autobús y de compartir el bocata en el recreo. La edad en la que por las tardes nos escapábamos Lérez arriba para colar cartas de amor por debajo de la puerta de la casa del chico que nos gustaba. La edad en que nos pasábamos una tarde de lluvia tirándonos a todas las fuentes de la ciudad, sólo por el placer de hacer algo impropio de los adultos. La edad en que en mi habitación aún reinaba la mansión Barbie de tres plantas y una caravana blanca que mi madre regaló a una niña vecina en contra de mi voluntad y de mis amenazas, cuando yo cumplí 15. La edad en que un niño normal podía pasarse el día jugando sin avergonzarse de ello.

Nadie parece advertir que hasta hace unos pocos años los niños permanecíamos en el colegio hasta los 14 años. Poco después de la implementación de la Eso, se extendió y acabó haciéndose norma, la entrada en el instituto a partir de los 12 años, en Primero de Eso.

Los niños dejaron de ser niños.

Sería cínico, además de egoísta, negar lo que supone en la vida de cualquier persona la llegada al instituto, una rápida y obligatoria conversión a la adolescencia. Ese paso del colegio al instituto, en cuestión de un año, que convulsiona tu universo. En el instituto no hay combas, ni pañuelos, ni muñecas. No hay clases con murales de colores. No se juega en el patio de recreo, excepto al fútbol. El grupo ejerce su presión y se busca la aceptación adquiriendo conductas de riesgo. La popularidad es el bien más preciado y se consigue a base de demostrar quién es el más mayor, la más rebelde, el que bebe más, el que folla antes. Los comportamientos infantiles son penados, no sólo por los compañeros, sino también por los profesores.

La infancia se nos escapa cada vez antes y no solamente en los institutos. Los niños están dejando de jugar y los adultos no somos inocentes. Obsesionados en educar a ciudadanos responsables, los instruimos para que maduren, para que se comporten como “chicos” y “chicas” cuando tienen una pataleta, censuramos su sexualidad como si no existiese y les convencemos de que para “ser mayores” (lo deseable) tienen que portarse bien. No reparamos en que para ser mayores, tienen que dejar de ser pequeños.

Era la tercera vez que la niña fallecida llegaba a su casa etílica. Y aunque es difícil recordar exactamente, cuando dejamos de ser niños, sí recordamos la forma convulsa y una sensación de vértigo ante el peligro. Los dramas personales que muchas veces no nos atrevimos a contar por miedo a ser ridiculizados. Por miedo, seguramente, a ser tratados como niños.

¿Dónde están los niños (y las niñas)?
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