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Dolores del poder

EN EL PODER como en la vida misma, las alegrías se pueden esfumar en un minuto y aunque los dolores pueden tener los días contados, cuando llegan, llegan de verdad. Empañan la alegría inicial. Te obligan a pisar tierra y sobre todo te obligan a pensar y a aceptar que la incertidumbre, la sorpresa, lo inesperado se le puede aparecer a cualquiera en cualquier momento.

La fugacidad de la alegría por conseguir el poder ha sido meteórica para Pedro Sánchez que apenas pisar Moncloa ya ha vivido su primera jornada negra y, con toda seguridad, muy dura. Tiene que ser duro que la última carta guardada para acabar de sorprender al personal con el nuevo Gobierno, se haya convertido en el ministro más breve de la democracia. Màxim Huerta, en apenas un suspiro, ha pasado de ser ministro a convertirse en un ciudadano que quedará marcado en la memoria colectiva por una infracción fiscal ocurrida hace años. A Sánchez, como a todos los Presidentes que lo han sido, las explicaciones iniciales del todavía su ministro le resultaron convincentes. Cuando así las consideró, se olvidó el Presidente de la realidad y la realidad que entre todos hemos construido es que un imputado, por serlo, ya es culpable y que da igual que hayan transcurrido quince o veinte años desde que alguien cometió un error en forma de infracción porque ese error o infracción, aun cuando haya sido subsanada, le va a perseguir el resto de sus días. No hay redención posible.

Me pregunto, sin tener respuesta clara, si esto es justo.

La duda, dada la realidad, es bastante absurda. El pasado se hace presente y cualquier personaje público que lo tenga debe saber que ese pasado es una enredadera de la que es imposible salir. Te atrapa y atrapado te quedas.

Y esta realidad, para algunos injusta y para otros razonable, no la modifica ni Ivan Redondo. Aquí no cabe el marketing ni los juegos malabares. Se tiene que ir y se ha ido y no hay más que hablar.

Con todo, creo que va siendo hora de hablar y de hablar mucho para establecer límites y líneas rojas a la hora de establecer responsabilidades, culpabilidades y redenciones. Sería bueno que entre todos los partidos establecieran un único código ético de manera que estuviera fuera de toda discusión cuándo alguien tiene que irse o quedarse, cuándo alguien tiene derecho a la redención y cuándo no. ¿Basta con la imputación para tener que abandonar un cargo? ¿Sería conveniente esperar a la apertura de juicio oral? ¿Resulta inaceptable pensar que muchos de nuestros políticos que nunca pensaron en serlo fueron personas como otras muchas con sus mismos defectos o virtudes, o se trata de buscar espíritus puros?

Un buen sanedrín de expertos en ética política, independientes de los partidos, deberían invertir unas cuantas horas en brindarnos a todos una especie de libro de estilo para la vida política contaminada, en ocasiones, más por la fiereza de unos contra otros que de un afán sincero de limpieza y transparencia. Un buen sanedrín que con sus sugerencias evitara, en la medida de lo posible, los dolores del poder que los tiene y mucho. Que se lo pregunten a Felipe González, a Aznar, a Rajoy y en nada al recién estrenado Presidente Pedro Sánchez. Que se lo pregunten.

Dolores del poder
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