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Volver a Peñamaría

Hace unos cuantos años escribí en este periódico que, de alguna manera, siempre he sentido como esa casa en la que hoy tengo el honor de reencontrarme con ustedes y, seguramente, con mis orígenes.

Vengo de Fonsagrada, concretamente de la aldea de Peñamaría. Un lugar de las montañas lucenses en el que mis ancestros por parte de padre decidieron instalarse hace cientos de años. Ahí donde el frío duele y el calor mata, la saga de la que provengo curtió sus carnes para no morir asfixiada por las distancias y la incomunicación de épocas de gran dureza.
De allí donde la tierra se santifica y el agua bendita mana de las fuentes, mis antepasados escaparon para estudiar y, más tarde, para regresar y servir por medio de sus conocimientos jurídicos y de una honorabilidad que nunca los hizo ricos, a todo aquel que necesitaba justicia y económicamente no podía permitírsela. Una práctica que les regaló muchas noches de sueño reparador y el reconocimiento de una buena parte de sus paisanos.

Recuerdan muchos vecinos las colas de consulta que se formaban ante el despacho de mi tatarabuelo y más tarde del de mi bisabuelo. Filas de personas no pudientes a las que mis ancestros ofrecían sus servicios de forma gratuita, mientras escribían en gallego y bajo seudónimo en un periódico agrarista llamado ‘O tío Pepe’.

Mi abuelo, Sergio Peñamaría de Llano, tras cursar sus estudios de Derecho, verse obligado a vivir la guerra de forma activa, convertirse en jurídico militar y llegar a ser uno de los alcaldes coruñeses más honestos de todos los tiempos; decidió instalarse en la ciudad herculina y, como era de esperar, extrapoló el modus operandi de su padre y abuelo, al casi siempre gratuito ejercicio de su profesión como letrado. Y, como la gente de bien suele ser agradecida, recuerdo con total nitidez como danzaban capones, conejos, cochinillos y cabritos a su libre albedrío por su cocina de la coruñesa avenida de Finisterre.

Lugo es tierra de gente buena. Lo vi en los míos y lo percibo en cada lucense que conozco. Gente sencilla y acostumbrada a un segundo plano. Pero la tierra lucense es, además, la Galicia verdaderamente virgen. Un lugar por descubrir para los que no tienen el gusto y una provincia plagada de maravillas como Los Ancares, o paraísos donde perderse como la Ribeira Sacra o la exuberante Mariña Lucense.

Hogar es para mí sinónimo de Lugo. Tierra de acogida donde la apacible tranquilidad cobra sentido. Un lugar para perderse que es en realidad un sitio donde encontrarse. Porque todos y cada uno de nosotros deberíamos buscarnos de vez en cuando para otorgar de sentido a lo que hacemos y a porqué lo hacemos y, en caso de no toparnos con claridad alguna, en mi opinión no existe un lugar en Galicia mejor para reinventarse.

Estoy segura de que a mis difuntos les encantará saber que voy a escribir para sus gentes, que de ahora en adelante voy a verter mi pensamiento y más profundas reflexiones sobre las conciencias de aquellos a los que nunca olvidaron. Espero no defraudarles y ser fiel reflejo de los principios y valores que, generación tras generación, se han ido transmitiendo de unos a otros y que conocen bien las gentes que tuvieron que luchar contra los elementos para no ser engullidos por ellos.

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