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Así que era esto

Así que los bienes prometidos eran estos. La regeneración era esto. La pluralidad partidista era esto. Pues entonces, lo de siempre: ¡manda carallo!

LA REGENERACIÓN de la política, eso era lo que vendían los nuevos partidos que aspiraban al poder. El fin del bipartidismo sería una gran cosa, que traería beneficios sin cuento a la democracia. Lo que había funcionado, al menos medianamente, durante décadas ya no valía. No valía —esta era la verdadera razón oculta— porque los dejaba a ellos fuera del reparto del pastel. Ellos: los más radicales, los de ideas más perturbadoras para la marcha tranquila de un país, para un avance sin sobresaltos. Se ofrecían para acabar con la crispación, siendo maestros en el arte de crispar. Lo anterior que no era de su cuerda, casi todo lo anterior, era descalificado desde el desprecio ignorante y sectario, aprovechándose de una patológica debilidad acomplejada de los que no eran como ellos, de los más equilibrados, de los que veían que ese camino ahora emprendido era, cuando menos, resbaladizo.

Pues resulta que la regeneración era esto, una lamentable degradación de la vida política y de la categoría de los actores de esta política. Empezando por las formas, mucho más importantes de lo que algunos creen. Porque, contra lo que dice el refrán, el hábito hace, en no pequeña medida, al monje. Y, siguiendo con los refranes, quizá la cara no sea el espejo del alma, pero sí lo es la pinta, la pinta que se escoge para desempeñar un papel en la vida, especialmente en la vida social y profesional. Y cuando uno ve ocupar instituciones tan importantes como el Parlamento por gente descamisada, que no cree que el trabajar ahí merezca ningún cuidado especial de su apariencia, cuidado que sí tendrían —a lo peor tampoco— en celebraciones solemnes familiares o de amigos. Cuando uno ve que alguien es recibido por un rey perfectamente trajeado y el visitante va en mangas de camisa y remangado. Cuando uno ve esas formas o esas botaratadas, resulta imposible pensar en regeneración, lo que salta a la vista es más bien una impresentable degradación.

Y lo que ha traído el fin del relativo bipartidismo anterior es la puesta en práctica del más arrastrado mercadeo político, siempre presente y agudizado en la política estatal por el peso otorgado a los partidos nacionalistas. Una vez debilitada la alternancia entre una derecha y una izquierda moderadas, llegó el momento de pactar, concepto que tiene muy buena prensa, pese a que lo mismo puede ser positivo que negativo. Y pactar para conseguir el poder desvirtúa buena parte de las propuestas por las que se había votado a quien se votó. Y desvirtúa con harta frecuencia algo que, en principio, se tendría por la esencia democrática: que quien gana las elecciones, gobierna. Ahora, más importante que ganar es tener estómago para pactar con el que sea y a costa de lo que sea.

Así que los bienes prometidos eran estos. La regeneración era esto. La pluralidad partidista era esto. Pues entonces, lo de siempre: ¡manda carallo!

Así que era esto
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