Opinión

Mis queridos caraduras

Dicen los mayores que la suerte les sonríe a las personas malas, no así a las buenas, que se tienen que conformar con tener el cielo ganado. Hace unos días repasaba con un compañero de oficio entendido en la materia la relación de sinvergüenzas de Lugo que han dado palos aquí y más allá de Pedrafita con relativa impunidad. No es que esta, que no tiene mar, sea la ciudad con más bribones por habitante, pero está bien servida. Recordábamos a un empresario que obtuvo ayudas públicas millonarias por una máquina inexistente. A otro, fugado, que fue capaz de convencer a una de sus múltiples víctimas de que un deportivo se descapotaba solo al alcanzar cierta velocidad. A un profesional liberal con varios pufos a sus espaldas que se codea con personajes conocidos en caros restaurantes. Y a otro que dejó con una mano delante y otra detrás a varios clientes y amigos. Incluso alguno, con el fin de intentar sensibilizar al periodista de turno, llegó a aducir que estaba hospitalizado con una crisis de ansiedad a medio camino del infarto. De lo caraduras que son hasta casi te ríes de lo que hacen. ¡Cómo no vas a acabar cogiéndoles cierto cariño a tal pléyade de jetas que te nutren de historias increíbles!

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