Opinión

Mi tesoro térmico

Lugo fue uno de estos días la capital de provincia de España que marcó la temperatura mínima. Mientras en otros lares sudaban la gota gorda aquí no estaba de más al atardecer una rebeca o un jersey. Esta es una de esas contadas ocasiones en las que se agradece ir en el furgón de cola del Estado. Esos valores tan distantes de otras ciudades a estas alturas de verano hacen de la capital lucense un oasis térmico. Esta bendición puede convertirse en un reclamo turístico. Podemos pasar de no sufrir calor meteorológico a padecerlo humano. Los visitantes son bien recibidos en su justa medida, pero en avalancha no. Reconozco que con la edad me he vuelto intransigente. Mis secuaces del tendido siete del Ángel Carro me tildan de rosmón. Ahora me producen urticaria las aglomeraciones del Arde Lucus o el San Froilán cuando antaño solo quería entrar en aquellos pubs en los que no cabía un alfiler. Me gusta poder tomar una consumición en la barra del bar sin tener que mendigar una tapa porque su personal no da abasto. Me gusta sentarme a la mesa a la hora que reservé en el segundo turno del restaurante y no tener que esperar 30 o 45 minutos a que quede libre. Aunque puede asemejarme a Gollum, Lugo, mi tesoro térmico.

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