Opinión

Un honorario dominguero

Me identifico con los domingueros. En mi tierna infancia, cuando las obligaciones laborales de mis padres lo permitían, cogíamos algún que otro domingo estival el bus que iba a la playa. Carretera y manta. Llenábamos las tarteras —predecesoras de los táper— de filetes empanados y tortilla de patata... con cebolla, para zanjar cualquier encendido debate. Los helados y los cafés quedaban para dar gasto en el bar del lugar. Cruzábamos los dedos a la espera de que el buen tiempo nos acompañase. Las previsiones meteorológicas erraban entonces casi tanto como las encuestas electorales hoy en día. Cuando ya tuve el privilegio de poder disfrutar de unas vacaciones prolongadas, abandoné esa práctica. Aún así, cada vez que se acerca un fin de semana, como este, conservo el hábito de ojear las predicciones deseoso de que el sol acompañe a los domingueros para que así puedan rebozarse en nuestros apetecibles arenales. Si como esta vez los días de descanso se avecinan algo fuleros, en lo meteorológico, siempre tendrán alguna fiesta próxima que llevarse a la boca, como el Ribadeo Indiano, que pregona el compañero Santi Jaureguizar. Recuerden que deben lucir los mismos colores que los tenistas en Wimbledon.

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