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Protocolos

COMO EN LA GUERRA al coronavirus, también la democracia tiene sus protocolos. Ayer tocaba que el presidente del Gobierno comunicase al Congreso las medidas tomadas tanto en el plano sanitario como en el económico-social.

Sánchez se remitió a la unidad de acción y la solidaridad como los resortes básicos de la sociedad en esta singular batalla. Pero luego remontó el concreto desafío del virus derivando hacia la apología de lo público ("lo que nos une"; dijo), con elogios al Estado del Bienestar y en especial al sistema sanitario.

Esta incursión ideológica de su discurso no pasó inadvertida para el líder del principal grupo de la oposición, Pablo Casado, que replicó con, la apología de la simbiosis entre lo publico y lo privado, sin dejar de insistir en la rebaja de impuestos como estímulo de la demanda. Y aparte de estos elementos diferenciadores entre el pensamiento socialdemócrata y el liberal, el líder del PP mostró una constructiva disponibilidad a colaborar con el Gobierno y su presidente.

"No está usted solo en esta batalla", dijo Casado. Y se visualizó el milagro de la concordia ante retos comunes a los representantes de las dos fuerzas centrales del sistema político. Tiempo habrá de revisar lo que no se hizo bien, vino a decir. Ejemplo contagiado al desigualmente al resto de los intervinientes, aunque la resultante de la sesión fue de genérico alistamiento en la remada conjunta reclamada por Sánchez y Casado.

Como notas al margen, el debate nos dejó el compromiso del Gobierno de desarrollar el servicio público de la dependencia, considerado el cuarto pilar del Estado del Bienestar, elaborar un libro blanco sobre la sanidad pública con ánimo de mejorarla y aprovechar los próximos PGE para acometer una verdadera "reconstrucción" económica y social del país.

Mientras tanto, puertas afuera de lo que ocurría este miércoles en el templo de una vida política también en servicios mínimos, el pueblo soberano sigue cumpliendo razonablemente bien la orden general de confinamiento en sus domicilios particulares. Así ha de ser, porque el espíritu de estas medidas de emergencia descansa sobre el civismo y la buena voluntad de la gente para gestionar las excepciones (sacar al perro, ir a la farmacia, al trabajo, al supermercado) sin hacer trampas.

Y junto a la buena disposición del ciudadano, la profesionalidad de las fuerzas de seguridad para aplicar las medidas con proporcionalidad y sentido común.

A los poderes públicos le toca la parte más difícil. Resolver el dilema líquido de cómo salvar vidas (estado de alarma) perdiendo el menor números de puestos de trabajo que sea posible (plan de choque). Dicho de otro modo: cómo tratar de salvar empleos sin arriesgar vidas humanas.

Nadie dijo que fuera fácil.

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