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Ni ambiguos ni insolidarios

POR UNA vez el quietismo de Rajoy es la mejor actitud frente a esa comedia de puertas en que ha devenido el intento de forjar una alianza de países contra el llamado Estado Islámico (Daesh). Sin embargo, desde ciertos ángulos, mediáticos y políticos, al presidente del Gobierno se las están dando de todos los colores por ambiguo e insolidario. De entrada se le reprocha que se ofrezca a repetir de presidente sin haber fijado posición en un asunto de gran relevancia electoral.

La importancia del asunto no viene dada porque Rajoy fije o no una posición previa. No creo que el ciudadano lo vea así. Ni que los españoles tengan prisa por embarcarse en una guerra incierta cuyos objetivos y cuyos planes de posguerra flotan en alarmante nebulosa. Es palmaria la contraposición de intereses entre los actores del drama, como se ha visto, en la ronda viajera de Hollande para entrevistarse con los mandatarios de las grandes potencias del llamado mundo civilizado.

A menos de un mes para las elecciones, y siendo España un actor secundario, al menos en la articulación de una respuesta militar al desafío yihadista, no entiendo la prisa por hipotecar al Gobierno entrante. De hecho, el aplazamiento en la fijación de una postura oficial del Reino de España hasta después del 20 de diciembre a un mes de las elecciones es una decisión que Moncloa comparte con el principal grupo de la oposición (PSOE), al que está unido por la firma de un pacto antiterrorista.

Si no se aclaran los grandes sobre la respuesta conjunta para aplastar el huevo de la serpiente y sobre el quehacer del día después, me parece injusto y desproporcionado el acoso interno y externo al Gobierno y al PSOE por su presunta ambigüedad. A la vista de agendas tan encontradas en la región como la de Turquía y la de Rusia -el derribo del caza ruso es sólo el síntoma-, que están escenificando las diferentes agendas de sus respectivos y teóricos aliados, el presidente francés no acaba de ver tierra en la sindicación de todos contra el Isis.

Es agotador comprobar que sus esfuerzos chocan con los planes de cada país. Cada quien valora el precio a pagar por tomar un camino u otro, empezando por Obama, que representa al gran gendarme global. Y si no lo tiene claro la primera potencia, que ya encabeza la vigente alianza de 65 países contra el terrorismo islámico, difícilmente España va a tenerlo tan claro como para ser la primera en dar el paso, más allá de ofrecerse a encabezar la misión de la Onu en Líbano. Por tanto, menos prisas a la España solidaria de siempre. Tiene derecho a elegir su camino en la medida de sus posibilidades y en función del coste.

Después de los terribles atentados del 11-M, nadie le declaró la guerra a nadie, nadie reclamó una coalición de países contra quienes eran los causantes del dolor. Y mientras llorábamos solos, en público y en privado, nos limitamos a invocar el estado de derecho para perseguir, detener y castigar a los culpables de la salvajada.

Ni ambiguos ni insolidarios
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