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Justicia catalana

DICE EL representante del Estado en Cataluña, Artur Mas, que no sabe si estará dispuesto a cumplir la ley en el hipotético caso de ser inhabilitado por sentencia judicial. ‘Depende’. Eso ha dicho. Llegado el caso actuaría según el clásico principio de oportunidad propio del orden político, esencialmente reñido con el principio de legalidad propio del orden judicial.

Con eso está dicho todo. En esa peculiar forma de conjugar ley y urnas, democracia y legalidad, encontramos todas las claves de la sinrazón nacionalista. El resto son las consabidas apelaciones emocionales al sentimiento de pertenencia (patriotismo), como último burladero de gobernantes pícaros, incompetentes o corruptos.

En la memoria está el caso de Banca Catalana, del que el entonces honorable Jordi Pujol se fue de rositas después de envolverse en la señera (todavía no estelada) e infundir miedo escénico en el Gobierno de Felipe González. Fue el trampolín de su particular salto a la fama. Del corte de manga a la legalidad al poder político. Algo que no pudo conseguir Companys después de su extravagante e ilegal proclamación del Estado Catalán dentro de la República federal española (octubre 34). Mas espera tener más suerte, con una pretensión tan ilegal como aquella pero mucho más extravagante: romper con España sin romper con Europa. De momento lo único que ha logrado es romper a Cataluña, partirla en dos mitades y cargarla de inestabilidad.

Lo del arropamiento callejero de consejeros del Govern, alcaldes, dirigentes y parlamentarios nacionalistas a Artur Mas, a las puertas de un tribunal de justicia, es un episodio añadido al problema de fondo: la propuesta nacionalista de dinamitar el orden jurídico de forma unilateral. Significa ponerse fuera de ley conscientemente. El episodio del arropamiento al presidente de la Generalitat, en un claro intento de condicionar a los jueces por razones políticas, sólo es una dosis de recuerdo.

Lo que más llama la atención, sobre todo a los amantes de la historia, es ese coreado rechazo a la justicia española, unido a la reclamación de vuelta a la ‘justicia catalana’. La tradición popular ha querido denominar ‘justicia catalana’ la que se aplica sin dilación ni miramiento de reglas procesales. Se ejercía hasta que los tribunales centrales (la nueva planta judicial borbónica, en el reinado de Felipe V) acabaron con los corruptos tribunales locales de origen medieval.

También hablamos de ‘justicia catalana’ cuando se evoca la venganza de los almogávares (mercenarios de la Corona de Aragón) por el asesinato de Roger de Flor y otros compañeros de armas en tierras bizantinas. Fue tan feroz y tan sangrienta que en los países balcánicos de hoy, siete siglos después, aún se utiliza la imaginaria figura de ‘Katalán’ (guerrero gigante sediento de sangre) para asustar a los niños. Y si un griego quiere maldecir a alguien, aún hoy en día, le espeta: «Así te alcance la venganza de los catalanes».

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