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Atascos y besos

En los PGE no aparece ninguna medida orientada a paliar la situación de las familias cuya vulnerabilidad se deriva de la pandemia

VUELTA A las andadas con muchos matices. Nos estamos tomando con normalidad el retorno a la normalidad. Hasta el punto de no percibir las diferencias ¿O sí las percibimos? Va por barrios. Por suerte somos distintos y desiguales, también en la forma de interiorizar el hecho de que, por fin, hemos salido de los confinamientos, las distancias marcadas y la limitación de aforos.

Vuelven los besos y vuelven los abrazos con efusivo cepillado de la espalda. Eso sí, mucho más selectivos que antes de haber llevado la curva simoniana a su más bajo índice de contagios (ya por debajo de los 50 por cada 100.000 habitantes).

Antes casi no nos podíamos permitir ser selectivos, a causa de los usos y costumbres de una sociedad de protocolos besucones. Vamos a serlo ahora gracias a la pandemia. El covid se nos ofrece así como un pretexto oportunista para evitar el contacto físico con quienes ya nos hubiera gustado evitarlo antes de la pandemia, cuando pasábamos por el aro solo por mantener las apariencias.

Por el contrario, los abrazos y los besos que realmente se echaban de menos durante la pandemia son ahora más efusivos y liberadores. Gracias a las vacunaciones, el civismo de la gente y el funcionamiento de excelentes profesionales en un envidiable sistema público de salud.

Así que, bienvenida sea la parte declinante de la curva pandémica porque nos humaniza y nos devuelve las rutinas socializantes, una vez constatada la caída del riesgo a niveles desconocidos desde que comenzó la pesadilla a principios del año 2020. En las rutinas incluyo las colas del supermercado y los atascos de tráfico. Ya inmersos en el puente del Pilar (fiesta nacional del 12 de octubre) se manejan importantes cifras de desplazamientos y ocupación hotelera, que coinciden con la reapertura del ocio nocturno y el fin de las restricciones en el sector de la hostelería.

Solo nos queda tocar madera contra una eventual mutación del virus o un debilitamiento en la vigilancia de nuevos brotes. Y una apuesta redoblada por un trabajo específico de los poderes públicos en el rescate de los sectores sociales más castigados por el paso del coronavirus.

La desigualdad y las bolsas de pobreza han crecido con la pandemia, según un reciente informe de Cáritas y la Fundación Foesa (Fomento de Estudios Sociales y de Sociología Aplicada).

El dato es demoledor: año y medio después de declararse la pandemia, son ya 11 millones las personas que se encuentran en situación de exclusión social en España. Sin embargo, en los PGE, más allá de los Erte prolongados hasta el último día de febrero de 2022, no aparece ninguna medida específica orientada a paliar la situación de las familias cuya vulnerabilidad se deriva de la pandemia.

No es una buena noticia.

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