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Con altura

Su primer contacto con la mal llamada ‘música urbana’ ha sido a través de Rosalía y C. Tangana y como el niño al que siempre le han prohibido el alcohol y por primera vez agarra una botella, esta gente ha entrado directa en Urgencias con un coma etílico de ‘molar mucho’

La cantante Rosalía. INSTAGRAM
La cantante Rosalía. INSTAGRAM

Me dice Cristian, compañero de redacción, que si escribo algo malo sobre Rosalía se va a enfadar “mucho” conmigo. Yo intento escudarme en que el artículo que estoy preparando no es sobre la ‘monstruo, crack, mastodonte, fiera y figura’ de nuestra época, sino sobre un sector de su heterogéneo público. Un grupo que siempre nos ha mirado al resto ‘con altura’.

El fenómeno publicitario de la talentosa artista catalana ha conseguido aglomerar a su alrededor a todo tipo de personas, incluso ha llegado a los espacios de alternativos y elitistas. Esa subespecie del ‘homo sapiens’ que hasta hace dos días solo podía escuchar a Silvio Rodríguez y a Silvia Pérez Cruz.

Su primer contacto con la mal llamada ‘música urbana’ ha sido a través de Rosalía y C. Tangana y han sucumbido al efecto túnel de esta sociedad llena de modas. Como el niño al que siempre le han prohibido el alcohol y por primera vez agarra una botella, esta gente ha entrado directa en Urgencias con un coma etílico de ‘molar mucho’. 

Yung Beef era “un drogadicto”, las letras de Pimp Flaco parecían “escritas por un niño de 5 años”, ir en chándal era de “vagos” y llevar ‘oros’ era algo que solo hacían “los gitanos”. Sin embargo el viaje místico al que están siendo sometidos estos sujetos les ha cambiado la percepción del mundo, tanto, que se han convertido en esas ‘chonis’ y esos ‘canis’ a los que antes denostaban.

Los nuevos paletos visten ‘trending’ y se dejan el dinero de sus padres en parecerse a sus frágiles ídolos de papel. La paranoia de algunos de estos personajes llega a tal punto que parece que estemos en Baltimore y que en cualquier momento llegará Omar con su recortada. Aunque siendo justos se asemejan más a John Cobra.

Pero como diría Hector Lavoe, “todo tiene su final”, y el día que llegue una nueva tendencia a la que encumbrar los arribistas huirán

No tienen ni idea de música, nunca la han tenido. Lo que escuchaban antes era un subterfugio mediante el que diferenciarse en la escala social, lo que introducen ahora en sus oídos lo hacen por la necesidad de encajar en el entramado

La industria musical ha vendido un producto y le ha salido bien. Esta nueva oleada de artistas no son más que objetos de consumo para una sociedad carente de personalidad y autoestima. Interesa la figura que está de moda, no sus creaciones. 

Podrían montar una ‘peña’ con los que dicen que al fútbol se juega con “intensidad y cojones”. Ambos comparten una visión superficial del asunto y se comportan como ‘hooligans’. Algo que les impide disfrutar de cualquier ‘cantante’ que no se ajuste como icono a los estereotipos dominantes. Sin importar, nunca, el contenido que produzca.

Pero como diría Hector Lavoe, “todo tiene su final”, y el día que llegue una nueva tendencia a la que encumbrar los arribistas huirán. Regresarán a Drexler, al que seguirán sin comprender, y se reirán desde sus altares de barro de aquellos que siguen escuchando “trap y esas cosas de alienados”.

Por cierto, espero que Cristian no se haya ofendido. Por si acaso emplearé una frase de una canción de Tote King, al que sé que escucha, para resumirle lo que está pasando en nuestro pequeño mundo y este montón de palabras: que ahora todos quieren “follar con la polla del otro”

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