Opinión

Javier Marías, el tiempo sin fronteras

Ha muerto el hombre, ¡viva el rey de Redonda! El legado de Javier Marías es el tiempo sin fronteras

PARADOJA. Lo físico muere, pervive la ficción. Lo real fenece, lo inmortal se convierte en territorio de la memoria o en impreso de anaquel.

Isabel y Marías, Segunda y Primero, de Reino Unido y de Redonda. Lo tangible y lo imaginado. 70 años de trono la una, de edad, el otro. La inglesa podría haber sido un gran personaje del español. Nunca sabremos si la madre de Carlos III, cima de una Iglesia, pudiera haber sido un personaje de la cumbre de la escritura española contemporánea. Sí debe aceptarse que la eternidad es un concepto temporal, no religioso. Recordaremos a ambos, pero solo uno de ellos es insustituible. Me declaro pues humilde súbdito de un escritor y no de una reina.

No era necesaria la muerte de Javier Marías, es una ilógica de la creación. Más un autor, que es humano, no podría tolerar la transgresión de lo inevitable, todo se lo entrega a su obra. El que de verdad ha reinado es el destino, y lo ha hecho sin misterios, sin trampantojos, sin requiebros, sin fastos ambiguos o disimulantes, sin cortes siquiera de mangas, sin concesiones, y él lo asumió con la discreción propia de los que son grandes, de los que prefieren el luto sobre blanco, en el negro que soporta la dicha de sus publicaciones.

Marías lo dejó escrito: "Es solo que cuando alguien muere, pensamos que ya se ha hecho tarde para cualquier cosa, para todo —más aún para esperarlo—, y nos limitamos a darlo de baja". Pero no es exactamente cierto, permanecerá en su enorme legado como escritor, traductor y editor.

Un rey político puede ser respetado por una cierta mayoría, pero es evitable o exiliable. Al contrario, cada autor literario, monarca de su libertad, reo solo de su inspiración y de sus pensamientos, es imprescindible. Una geografía física, aun global, es abarcable, la imaginada es ilimitable.

Recurro al maestro, a Jorge Luis Borges, a su ensayo ‘La superstición ética del lector’ (1930), recogido en ‘Discusión’ (1932), para replicar sus palabras: "Ignoro si la música sabe desesperar de la música y si el mármol del mármol, pero la literatura es un arte que sabe profetizar aquel tiempo en que habrá enmudecido, y encarnizarse con la propia virtud y enamorarse de la propia disolución y cortejar su fin". Quizás solo Javier supo completar el párrafo cuando escribe: "Todo insiste y continúa solo, aunque opte uno por retirarse".

Ha muerto el hombre, ¡viva el rey de Redonda! El legado de Javier Marías es el tiempo sin fronteras. Isabel II tendrá sus estatuas.

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