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¿Para qué sirve el dinero?

HAY DETERMINADAS semanas al año en que los eventos se acumulan, las noticias se solapan y uno ya no sabe si lee acerca de la Feria de Sevilla, del Día del Trabajador, del Día de la Comunidad de Madrid o del Día de la Madre. Hay madres que se visten de flamencas y bailan en la feria, hay otras que celebran su jornada de celebración trabajando, y las hay que incluso se remangan la falda para perseguir franceses, aunque fuese hace ya unos años. Hay tantas madres como hijos, y las hay que son hijas pero no madres. Entre estas últimas está Luisa, quien dedicó los últimos años de la vida de su madre a disfrutar con ella, a cuidarla y a tratar de no perder demasiado tiempo a su lado.

Siguió trabajando porque no pudo evitarlo, así que como solución ante las horas que tenía que ir a su ofi cina, en las que su madre tenía que quedarse sola, decidió contratar a una mujer para que la acompañara. Esta mujer resultó ser un auténtico encanto, que cuidaba a su madre con dulzura y que llegó a tener un grado de confianza con ellas como cualquier familiar, o más. Ellas eran Luisa y su madre, y de cuando en cuando aparecía algún hermano que hacía visitas breves al domicilio materno. Mientras tanto, Luisa se desvivía por su madre y por su trabajo, para cubrir los gastos que eran necesarios y para mantener un puesto en el que todavía le quedaban años.


A Luisa el dinero nunca le había importado demasiado, al menos no al nivel que veía a sus alrededor


Luisa tenía un marido que vivía con otra mujer, que se había venido de lejos para casarse con ella y con el que se llevaba muy bien. Tan bien que no tiene ninguna importancia en esta historia que él compartiera su vida y la casa de Luisa con otra mujer mientras ella cuidaba a su madre. Todo bien. Luisa seguía cuidando a su madre, pero también se implicó en los cuidados de la chica que cuidaba a su madre, como si fuera una especie de metacuidado que se le salía por los cuatro costados. La chica era joven, tenía muchas necesidades, y a Luisa le costaba más bien poco darle algún capricho que le alegrase la vida, como una sesión de peluquería o una merienda copiosa. De paso que la madre de Luisa se peinaba, lo hacía también su cuidadora, y lo mismo si comían o cenaban o merendaban fuera.

Todo incluido, como un crucero. Cierto es que la chica era maja, que atendía de maravilla a Lola, que así se llamaba la madre de Luisa, y que en apariencia todos se habían convertido en una familia prácticamente reconstituida: cuidadora convertida en casi hermana y marido convertido en hombre cuidado por dos mujeres a la vez (aunque esta sea otra historia(. Sucedió entonces que la cuidadora habló con Luisa y le explicó, más en confi anza, habiendo disfrutado ya de unos cuantos tintes y unos cuantos chocolates con churros, que sus necesidades habían aumentado porque sus hijos se estaban haciendo mayores, vivían en otro país y ella debía sufragar sus gastos para que vivieran bien a pesar de los kilómetros de distancia que los separaban. Sucedió entonces que Luisa sintió que debía ayudarla, porque para eso se habían convertido en familia: era ella y no sus hermanos quien cuidaba a su madre, igual que lo haría ella ante su ausencia por trabajo.

Era ella la que estaba haciendo también que los últimos años de vida de su madre, enferma ya, fueran bonitos. Era ella la que le estaba insinuando que lo único que necesitaba era algo de dinero. A Luisa el dinero nunca le había importado demasiado, al menos no al nivel que veía a sus alrededor. Ella utilizaba el dinero del que disponía para que sus allegados vivieran un poco mejor a su lado, nada más. Por eso sintió que debía ayudar a esta mujer que tanto bien le estaba haciendo a ella y a su madre. Como la cantidad que necesitaba era alta y Luisa no se quería quedar sin ahorros por si necesitaba algo para su madre, la solución pasó por una entidad bancaria cercana, conocida y llena de conocidos, que estuvieron encantados lógicamente, de prestar a Luisa el dinero que pedía.

La firma fue suya, el nombre al que se vinculó el préstamo también, pero el dinero fue íntegro para la cuidadora, que lo iba abonando con parte de su salario cada mes. Pero igual que la vida sigue, la muerte llega, y la señora Lola falleció, dejando de necesitar cuidadora. La chica se fue y dejó de tener vínculo con la familia, dejó de coger el teléfono a Luisa y dejó, por supuesto, de sentir que debía una buena suma de dinero. Al banco sí le pareció que el vínculo de dinero con Luisa se mantenía a pesar de la historia familiar, y se lo reclamaron como correspondía.

Así que esta historia terminó en un juzgado, colapsado de casos similares, con una justicia que dio la razón a una Luisa que tuvo que cambiar su manera de ver la vida: se fue a vivir a su casa con su marido, repartió la casa de su madre con sus hermanos y dejó que la cuidadora pagara lo que el juez determinó. Pero siguió sin entender por qué había que dar importancia a cosas que no la tienen.

Ilustración para blog de Adriana Mourelos

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