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¿Derecho a la soledad?

Es un derecho la soledad? O va en contra por sí o per se frente a la natural sociabilidad del ser humano? Qué pasa, por ejemplo, con la soledad no deseada que viven muchos de nuestros mayores? Ellos no escogieron esa soledad, o sí en algunos casos, pero al final de su etapa vital se ven solos. Y cada vez hay más mayores que viven solos en las ciudades, en lo rural, ese marco del que de vez en cuando va un político a hacerse una foto. 

Lo mismo podemos decir si verdaderamente hay o no un derecho a morir. Acabo de reunir tres palabras, dos conceptos, en un solo y terrible interrogante final. No soy capaz de responderlo, pero sí a una palabra, la dignidad del ser humano. La vida debe ser digna. La muerte, en la medida de lo posible también. Somos hechos y nacidos para morir. Quizás la muerte es lo que finalmente acaba dando sentido a la vida. Quién sabe. Pero no escaparemos por los subterfugios filosóficos, religiosos, éticos y morales en este artículo. 

Solamente constatar unos hechos. Y un drama humano y familiar que hace unos meses fue noticia y que estuvo trascendiendo a la opinión pública no solo francesa, también europea. Vincent Lambert llevaba once años en estado vegetativo. Los médicos han diagnosticado unos daños cerebrales irreversibles. Si usted es padre, es esposo o esposa, es hermano, es hijo, etc., póngase en la situación. Una situación dramática, triste y que solo el tiempo acaba ulcerando o encalleciendo. 

Hace algo más seis años la familia de Lambert se divide en una lucha familiar antagónica. En medio una decisión terrible. No prolongar la vida de Lambert. Se aferran a un hecho y a una legislación sumamente ambigua, el encarnecimiento terapéutico, aunque aquí es más conocido por ensañamiento terapéutico. Vincent no se curará. No recuperará la consciencia. Ni la actividad cerebral. Pero hay una pregunta, ¿sufre? ¿es consciente de ese sufrimiento? Y al otro lado de esa línea terrible otra parte de la familia se aferra al derecho a la vida, a que sigan alimentando e hidratando a un hijo y a un hermano. Pronto todo ha saltado a los medios, a los telediarios y a un debate que nunca hemos sido capaces de abordar en toda su dimensión humana, médica, ética y religiosa. Y dos palabras se entrecruzan, eutanasia y sedación. 

Mas luego algo que se nos da demasiado bien, criticar, juzgar actitudes y comportamientos ajenos desde la barrera, desde las atalayas de la indiferencia, desde la soberbia de una arrogancia y distancia que nos hace jugar a ser jueces o semidioses. Y nos atrincheramos en posturas extremas.  Porque estamos hablando de vida, de muerte, de dignidad, de sufrimiento, de felicidad, de amor y de adioses. 

Probablemente como seres humanos estamos ante una decisión terrible. De lo más duro que nos puede pasar. Decidir por otros, por un padre, por un hijo, por un esposo, por un hermano. Y ante todo y sobre todo, algo hay que evitar, la frivolización y la descontextualización. 

Más temprano que tarde las legislaciones tienen que ir dando respuestas. Vivir dignamente. Morir con dignidad y respeto. Porque hasta el último momento, la dignidad nos hace tremendamente humanos. Como el sufrimiento. Pero ¿hasta donde podemos, debemos, tenemos que llegar? ¿y dónde queda la libertad del ser humano y su individualidad? Una libertad que nos permite vivir en soledad si lo deseamos. 

¿Derecho a la soledad?
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