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Apagones y atascos

Subrepticiamente se habla, tal vez demasiado, de un apagón global, amén de un gran atasco global en la producción y sobre todo, distribución y logística a nivel mundial de la fábrica, o fábricas, del mundo. Tal vez, de pronto, nos hemos percatado que Europa ya no fabrica nada, o poco, o renunció a ser ella misma con tal de que otros fabricasen a gran escala, a menores costes, con vulneración o no de derechos laborales, y con ningún escrúpulo medioambiental. De aquellos lodos, estos barros, y mañana, por hoy mismo, el inmenso lodazal de un debate que cobra e irá cobrando fuerza, el de la dependencia y el enorme poder que goza quién conocedor de supremacía y fortaleza productiva, decide políticas o estrategias comerciales a su gusto y antojo.

 

Mas ¿hay mayor riesgo de apagón eléctrico pese a la escalada del precio de la luz o la odisea argelina y los metaneros para el gas que un riesgo cierto de falta de abastecimiento de chips, productos, materias primas o bienes terminados? Me inclino sin duda más por lo segundo. Ya lo estamos viendo. Al tiempo que nos damos cuenta de que ya no hay camioneros, o fontaneros, o electricistas. O tal vez que, dado que el hijo de mi vecina va a la universidad, el mío que es más listo y guapo también, debe ir igualmente a la universidad. Luego ya sabemos lo que pasa. Los oficios, los grandes profesionales y cualificados son hoy una necesidad acuciante, una demanda en auge y una salida profesional de primera donde se puede ganar mucho más que con la seda viscosa de corbatas parafinadas de cierta petulancia.

 

Es muy difícil que nuestro país sufra un apagón energético, al margen de las reservas que existen, que no son obviamente infinitas sino todo lo contrario, pero para que aquello ocurra el punto de partida no puede ser otro que el sistema no tenga o pierda el suministro amén de que las empresas y los poderes públicos correspondientes no hubieren hecho absolutamente nada para evitarlo. Una cosa es el precio y la oferta y la demanda en el coste de la luz que estamos viviendo y otra, el apagón. Pero el alarmismo es como el campo, sin puertas. Recuerden aquello del dramaturgo que arrastran de la checa y van a fusilar, “no me podéis quitar el miedo que tengo”. Pero el miedo es libre, como la magnificación de las falsas informaciones o, interesadamente tergiversadas. Europa debe producir por sí misma, debe volver a fabricar y hacerlo con inteligencia, eficiencia y claro está, con sostenibilidad. Y el ciudadano ha de ser consciente de ello y del coste que supone y va a pagar. Como en defensa, no podemos vivir bajo los auspicios, presupuestos y paraguas, con coste eso sí, del siempre aliado atlántico. Ya somos mayorcitos para dar pasos por nosotros mismos. Sin depender de nadie. Sin que tengamos que negociar el gas, o la luz, o el suministro de bienes, etc., toda vez que un país juega a erosionar a la Unión Europea y amenaza con cerrar el grifo. No vale comerciar y el tráfico jurídico económico a cualquier precio o coste o mirando hacia otro lado cuando no se respetan los derechos individuales y sociales de las personas.

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